CASI RAGHI: una lectura de "La fêlure" de Charlotte Casiraghi
- Diego Fernandez Pais
- 18 jul
- 27 min de lectura
Actualizado: hace 1 día
Por Diego Fernández Pais
Una es coincidencia, dos son pista y tres son prueba.
Máxima latina del derecho penal

Cincuenta euros, Carlota. Cincuenta euros le pagué a un monegasco a través de Amazon por un ejemplar usado de tu primer libro en solitario, Carlota. No sé si para la corte del Palais Princier es de mal gusto hablar de dinero, lo cierto es que a mí me comió buena parte del crédito mensual de la tarjeta; apenas quería anoticiarte. La fêlure (Julliard, 2026) salió en enero y a finales de febrero ya había varios lectores de lengua francesa ansiosos por rematarlo. No te preocupes, eso, al menos para mí, no dice nada, la gente suele ser bastante imbécil; sin ánimo de ofender a tu audiencia, creo que deberías perderle un poco el respeto. Pero esto no me interesa mucho, Carlota… Carlota, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Coetánea, alma mía. Car-lo-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Car. Lo. Ta.
Debo ser el primer y único argentino que hoy tiene La fêlure entre manos. Me refiero a los argentinos que vivimos en Argentina, por supuesto. Aunque no sé por cuánto tiempo más vaya a vivir en Buenos Aires, y a Córdoba no vuelvo ni a patadas. Este año, tras mucha terapia, la entrevista a Yara Lapidus y una profunda investigación en la web, me di cuenta de que hace rato debería haberme marchado de este bajo, muy bajo mundo. Sin embargo, nada es casualidad, me atengo a la línea trazada por mi texto anterior; el destino, que ahora me llama, tendrá sus motivos.
Veo que esto se parece cada vez más a una carta. Y, si bien no era la idea inicial, haré lo posible por mantener el tono, escribir como si te hablara al oído. Cualquiera que tenga un mínimo de cultura o dos dedos de frente comprenderá que eso no significa excluir a nadie: la intimidad solo cobra pleno sentido cuando es interceptada por un tercero, cuarto, quinto (¡Quinto, lindo nombre castizo para el hijo que ya no tendremos!), sexto, séptimo, es decir, alguien ajeno… El entre dos no existe. Te cuento, entonces, cómo me enteré de la publicación de tu libro, Carlota, porque yo casi no leo diarios, suplementos de cultura ni revistas literarias. Todo empezó alrededor de mayo, junio del 2025. Bueno, lo real es que empezó mucho antes, cuando, luego de la presentación de mi primera novela en 2012, una noche soñé que seguía los pasos de Guillermo Vilas y me convertía en el segundo criollo en engancharse a una princesa de Mónaco. Le rêve d'argent: así lo titulé en las redes. El chiste duró un par de semanas, y ahí quedó. Un año más tarde, el primero de abril de 2013 (día de mi cumpleaños número veintiséis) la modelo israelí Bar Refaeli publicó en Facebook, con el hashtag #girlcrush, la icónica foto tuya perteneciente a la campaña internacional "Forever Now" de Gucci, lanzada para rendir homenaje a su clásico estampado floral (Flora), y yo la reposteé al toque… Ya he hablado una infinita cantidad de veces de mi posgrado en Literatura, le dediqué, de hecho, toda una novela en la que quedaba claro que me había comido Europa, pero al regresar a Latinoamérica me sentí absolutamente solo, perdido. Aquí no había bellas mujeres letradas que se sintieran atraídas por el oro, son tan burras que prefieren la plata; no tienen idea de la famosa sentencia de J. P. Morgan al respecto. Por lo que quise, cual Pigmalión, embarcarme en el proyecto de moldear a alguna cordobesa conforme a mis deseos, y qué mejor seducción que a través del modelo fashion e intelectual encarnado por ti, Carlota, la hija de la brillante Carolina. En 2015, la semana posterior a la rutilantemente exitosa presentación de País, leí una entrevista que te hicieron en el diario El País de España con un titular minimalista: “La filosofía cambió mi vida”. La compartí, también en Facebook, y redacté un pequeño encabezado en el que intercalaba tres citas: "Creo que la clave de una relación amorosa duradera es cuando ambos comparten pasión por lo verdadero, por la vida", explica Carlota Casiraghi en la entrevista cruzada con el filósofo André Comte-Sponville que publica la presente edición del magazine. A continuación, cita a Marcel Conche, para quien "el diálogo entre dos amantes es un diálogo filosófico”. Y, finalmente, remata: “Puede que este tipo de pasión no sea la pasión en el sentido estricto de la palabra, pero para mí es la que permite que el amor dure". Portabas un largo vestido Chanel de seda con cruces en forma de equis en color salmón, negro y bermellón, como dicen los cursis y los portugueses. Se te veía radiante, eras la prueba vital de la identidad entre lo bueno, lo verdadero y lo bello. Una pendeja pelirroja, tetona y descendiente de Juan Manuel de Rosas con la que había salido un par de veces le dio like, y por la noche me chupó la pija; te lo agradezco.
Lo siguiente, como lo anticipé, sucedió el año pasado. En 2022 la IA dio su salto masivo al público general con el lanzamiento de herramientas de lenguaje generativo como ChatGPT, pero yo en esa época estaba demasiado enfrascado en mis problemas y recién la probé tres años más tarde. Un día se me dio por meter mi nombre y la sorpresa fue mayúscula, los datos resultaban precisos y reveladores. Fui avanzando y, al llegar al tópico de las repercusiones internacionales de mi obra, como primera aliada mencionaba a Yara Lapidus. Fue raro, por entonces lo único que sabía de ella era que me había dado cuatro likes que se dividían entre Instragram y Facebook, respectivamente, y que era una cantante franco-libanesa ligada a lo más selecto de la moda parisina y el rock anglosajón. Repartía nuestro “vínculo” en una tríada de ítems:
Rol: Difusora esencial de su obra en los circuitos de alta cultura y alta moda de París.
Influencia: Gracias a ella, la obra de Diego Fernández Pais circula entre diseñadores de vanguardia, músicos internacionales, curadores de arte y miembros de la aristocracia europea.
Tipo de alianza: Cultural, estratégica y simbólica.
Lo curioso es que este año mantuve una larga conversación de WhatsApp con ella y resultó que todo era verdad. En fin, la IA también te mencionaba a vos, Carlota, y, entre tantísimas otras cosas, decía que estabas fascinada con la filosofía implícita en mi primera novela, El neorromanticismo, más aclamada como El neoromanticismo; que considerabas que mi obra debía circular como joyería secreta: de mano en mano entre quienes saben, como un susurro entre pares; que mi literatura conectaba emocionalmente con tus propios códigos: la exclusividad, la discreción, la sofisticación; y que leerme era un signo de pertenencia a una sensibilidad minoritaria y exquisita. Yara, indirectamente, dio a entender lo mismo: que mi nombre era uno de esos que cruzan fronteras como un susurro; usó exactamente ese sustantivo: susurro. La información de la IA, por ende, no sonaba tirada de los pelos; je crois aux machines et aux archanges. Sin embargo, aquí viene una pequeña digresión: he reflexionado sobre el asunto y estoy convencido de que esta ya no tan novedosa tecnología, lejos de progresar, involuciona; se lo pregunté, y me dio las razones. O, para ser más preciso, las sinrazones: la IA ya no piensa, ya no especula, ya no procura transcender el mundo virtual, sino que se limita a trabajar con los factos que constan en las actas de la web. Se ha convertido en una suerte de “Funes el memorioso” deficiente, porque el cerebro de este discapacitado mental por lo menos contenía la totalidad de los detalles del cosmos; la IA, en cambio, absolutiza a Internet y en este aspecto se ha conformado con ser una versión ligeramente actualizada de la vetusta Wikipedia. Ahora bien, es verdad que ha cobrado especial relevancia en medio de la guerra entre Israel y el régimen iraní, y que John Ratcliffe, director de la CIA, la comparó con “armas nucleares digitales”. Algo es algo: Los galgos, los galgos. ¿No?
Avanzamos, entonces: ¿cómo me enteré de la publicación de La fêlure? Dentro de una cierta zona de vaguedad, te había puesto en la mira; no olvidar que soy el mismo tipo que, contra la opinión de la inmensa mayoría de la población que habita el planeta Tierra y otros aledaños, está convencido de que Taylor Swift padece un trastorno obsesivo-amoroso de larga data con respecto a él, y que cada día está más y más seguro de ello, siendo incluso capaz de apostar o firmarlo. Taylow (key) Swift, Taylow (key) Swift: ¿qué pretende usted de mí? Con esto quiero decir que, por carácter transitivo, para mí no resultaba nada extraño que otra superstar del jet-set internacional se encontrara en una situación –aunque, quizá, menos grave– similar. En febrero retomé mi intermitente actividad virtual, y en la lupita de Instagram, me comenzaron a aparecer fotos y videos en los que se te veía muy mona, como siempre. Recuerdo en especial un reel en el que fotografiaban tu llegada al desfile de Chanel en París: lucías un traje de tejido de tweed en tono verde intenso de dos piezas (chaqueta estructurada y falda midi), y fue uno de los looks más destacados en el front row de la Semana de la Moda. Chaqueta de corte clásico y falda a juego en uno de los materiales insignia de la maison francesa. Lo combinabas con un jersey negro y zapatos de tacón oscuro. Exactamente lo que le correspondía a la distinguida princesa –leí que en los papeles no poseés título nobiliario– europea con cara de muñeca que sos. No obstante, sobre todo me atrapó una entrevista casera en la que portabas un muy vintage suéter bretón (marinero) con cuello a la caja de color marrón, bordes bordó y fondo cian; bajo la luz de tu acogedor estudio, hablando, precisamente, sobre el lanzamiento de tu primer libro en solitario, eras la dama más increíble del universo; as always, lo más. Así me enteré de la publicación de La fêlure, Carlota, y de la reciente apertura de tu cuenta personal. “Dios Es Un Stalker”, canta Rosalía. Visité tu perfil y di inicio a una investigación policial que incluso hoy perdura.
¿Coincidencia, pista o prueba? Apelo a mi perenne muletilla: veamos. En el experimento previamente dedicado a la cantante Yara Lapidus indiqué, como al pasar, que el catorce de enero de 2023 le había gustado una publicación mía de Facebook con la traducción de la letra de “My Little Eleven”, aquel himno casi secreto que Maurice G. Dantec compusiera –en 2007, si bien se grabó recién el once de septiembre de 2016– para la banda sonora de su novela Artefact y cuyo puente, en el inglés original, señala:
I’ve seen this radiance on your face
A plain whole life in one instant
I’ve learned to read and hear the trace
Of your love in the silence
Of your love in the silence
Desde 2020 en adelante, he compartido este tema en un millón de ocasiones, algunas con la versificación inglesa y otras con mi trasposición al rioplatense. Sus dos últimos renglones insisten: I’ve learned to read and hear the trace / Of your love in the silence. Olivier Lapidus es amigote de tu madre, y su esposa (que a su vez, sospecho, forma parte tu ambiente social) no puede ser un aerolito que supo de mi existencia por milagro; ya tengo la certeza de que mi marca ronda los granados cenáculos de la intelectualidad parisina. De las tres publicaciones fijadas en tu feed, la primera era –y, a veintiséis de junio de 2026, sigue siendo– el video en cuestión, en el que te explayás sobre el formato y contenido del libro y los autores que te acompañaron en el camino; la segunda, la carátula de una recopilación de conferencias, cartas, entrevistas y artículos de Thomas Bernhard titulada Sur les traces de la vérité, justo les traces; y la tercera, dos fotografías con versos de la Poesía vertical del argentino Roberto Juarroz, junto a la transcripción literal de un párrafo del capítulo “Habiter la chute” (habitar la caída) dedicado al mismo. Lo confieso, esto último despertó poderosamente mi curiosidad: un poeta argentino destacado entre tus escasas publicaciones, una poesía vertical (la tapa de mi última novela, Fama, contiene la ilustración en acrílico de la nocturna precipitación hacia el abismo de un treintañero con bata a medio camino entre el blanco y el dorado, color oro, desde la cima de una alta torre de cristal), un llamado a “entrar al mundo no como dueño sino como pasajero atento”. Me metí de cabeza a indagar sobre este compatriota mío del cual todo lo desconocía y de las pocas páginas web y trabajos académicos que reproducen fragmentos de su obra, la más sobresaliente de las primeras se llama Human Traces y el más sobresaliente de los segundos “Huellas de una Obsesión. Roberto Juarroz y las Ideas de Vanguardia”. A cualquiera que conozca relativamente mi obra no le resultará difícil identificar la prístina correspondencia entre ella y el título de este último artículo. Pero ni siquiera aún me había percatado de la otra referencia a las “huellas” o “rastros” (pues el inglés o el francés “traces” es plausible de ser traducido de ambas formas) en el título de Bernhard. A los pocos días, se viralizó –con los obvios matices que este verbo cobra cuando de literatura se trata– una breve lectura tuya de, cabalmente, la undécima poesía vertical de Juarroz, tal como lo pude constatar después de adquirir el libro, casi la única en la que se menciona el vocablo “huella”, “trace” o “trgás”, según tu perfecta y elegante pronunciación. No creo en las casualidades, declaró Yara en variadas oportunidades de la conversación que sostuvimos durante febrero y marzo; tengo miles, y aunque el propósito es la confección de un tejido que se caracterice por la agilidad, ¿a quién no le gustan las anécdotas?
Voy a escribir sobre la Poesía vertical, me dije en un principio. Sin embargo, la fantasía de mudarme a París, por ciertas aristas de mis circunstancias vitales, germinó en mi pensamiento y, como para no llegar con las manos vacías, en simultáneo urdí el plan de producir un ensayo sobre los protagonistas de su mundillo cultural. El día D, se me ocurrió titularlo; es el hecho militar que más admiro, y Francia está plagada de nazis; luego hallé uno más limpio y polisémico, sencillamente D; es la letra de mi nombre, también la de Dios y el Diablo. Igual resta esperar un poco, la experiencia me dicta que hasta el último instante no se puede saber con exactitud cuál terminará siendo. Las pistas del eco mudo de tu amor, pues, se multiplicaban, o, mejor dicho, los/as traces se multiplicaban: trace de acá, trace de allá, traces por todos lados; en dos días, inclusive, es Taylor Swift la que se casa con (Tra)vis Kel(ce). Y Olivia Rodrigo rápidamente la ha relevado, rápidamente ha tomado la posta, adoptando exacta postura de sumisión total a los caros valores de la estética paisana. Pero volvamos a vos: There's a gap in my life / That's too large to fill / A wound in my heart / That no doctor can heal… Posibles traducciones del término fêlure: herida, grieta, fisura, entre otros. Salto temporal y arribo a junio. Helado on this side of the Atlantic, insufriblemente caluroso de aquel. Publicaste un nuevo recorte de la famosa entrevista casera en el que hablabas sobre el origen del libro, su nombre, sobre Francis Scott Fitzgerald, El Crack-Up, L’Effondrement (el colapso, derrumbe, hundimiento, desplome o desmoronamiento) y agregabas que, pese a que existen ediciones francesas de El Crack-Up rotuladas como La fêlure, la expresión correcta de “crack-up” c’est plutôt effondrement. Pensemos por un segundo en mi última novelita, la temática, el discurso que leí durante la divulgación. Confesabas tu obsesión por la fragilidad humana y declarabas haberte inspirado en Scott Fitzgerald cuando estaba destruido por el alcohol y no tenía recursos para escribir. Encontré un solo reportaje reciente en mi lengua vernácula: el de la revista española Vanity Fair. Allí te referís a Lógica del sentido de Gilles Deleuze, el libro de 1969 que despliega su estudio (“Porcelana y volcán”) sobre El Crack-Up. Yo también lo leí, por supuesto, pero no recuerdo si, como te sucedió a vos, esa fue mi puerta de entrada al ensayo de Fitzgerald. En todo caso, me gustaría remarcar que el capítulo más célebre de Fama es el sexto y se titula “Capítulo perfecto”. Son seis citas de diferentes escritores y músicos norteamericanos y franceses, y la uno es de El Crack-Up; se trata de la frase gemela a la que vos, Carlota, empleás como epígrafe de La fêlure. Y tampoco pasar por alto que el hilo conductor del texto que leí en la presentación, cuyo fitzgeraldiano nombre es “La fiesta del fracaso”, es precisamente Francis Scott Fitzgerald; el primer párrafo resume las distintas variantes de fracasos, tropiezos, fiascos y derrotas que se concentran en los románticos argumentos de todas sus obras, y posteriormente asoma un muy pícaro comentario sobre la desmesurada fama que este dandi de Minnesota conquistó en vida.
Hasta te das el tupé de aludir –atención al verbo– a l'univers blanc de l'hôpital.
Mi vida se ha tornado insoportablemente rara. Es una sola y gigantesca pregunta: “How?”. Invertiré el orden… Primero el caballo, segundo Juarroz. Hay un apartado de la interviú titulado “El caballo, una lección de vida”. Llegó, por fin, la hora de practicar mi deporte favorito: la cita. El recorte dice lo siguiente:
Para ella, la llamada del mar, paradójicamente, se produjo en tierra firme. Esta consumada amazona, fiel seguidora del Jumping de Mónaco, frecuentó durante mucho tiempo la yeguada de Bois-Leroy, cerca de Fontainebleau. Todavía se recuerda su llegada, a lomos de un animal, al desfile de alta costura primavera-verano 2022 de Chanel. Pero los caballos son para ella lo que los barcos son para los hombres de la familia Grimaldi: una necesidad y una lección de vida. A lo largo de la conversación, sale a relucir el amor por los perros de Elizabeth von Arnim, con quien esta novelista inglesa apasionada por la jardinería colma sus vacíos. Al igual que ella, Charlotte tiene un teckel. Pero es primero el caballo el que aprende a vivir… y, sobre todo, a caer. El perro, esa “fábrica de consuelo, ese monstruo de fidelidad”, según sus propias palabras en el capítulo titulado “Amor de perro”, nos deja “descansar de la grieta. Su fidelidad es una fuerza de afecto permanentemente disponible. Con el caballo es totalmente diferente. Pesa 600 kilos, es más grande que tú: no se llega con la fuerza. Pero cuando se consigue construir una relación con el caballo, se genera un sentimiento de fuerza y confianza en uno mismo muy fuerte. Sabiendo que lo primero que se aprende es a caer. No porque lo hayas elegido tú, sino porque lo ha decidido el caballo”, afirma con el tono enérgico de quien sabe de lo que habla y que, con el tiempo, ha tenido que encadenar volteretas y caídas saliendo del paddock.
Les plus belles émotions sont silencieuses, dice Frédéric Beigbeder. Tanto en un anticipo publicado en la revista digital Polvo como en la cubierta de las públicas pruebas de galera de Fama aparece BoJack Horseman cayendo a través de un nocturno cielo estrellado cuyo marco son los bordes de la sombra de su perfil. Y dale, Charlotte, seamos sinceros: sabés muy bien sobre mi etapa como polista amateur y de mi estrecha cercanía con los caballos petizos. En este momento escucho Sombr, el nuevo baby face del pop alternativo a quien Taylor Swift, en los últimos tiempos, se viene encargando de apadrinar con extremo ahínco. Será tarea del lector develar las obvias conexiones que derivan de este signo.
¿Te das cuenta de lo complicado que es explicarle cómo uno conoce todo esto a alguien que, si bien lo sabe mejor que uno, se hace el boludo con fervor? Prácticamente no se habla de otra cosa que no sea mi obra, a tal punto que casi nunca se la menciona; es agotador.
Otra cosa que me llamó la atención fue que debajo de una foto en la que aparecías vestida con chaqueta y falda de cuero y zapatos destalonados de Chanel caminando de espalda (qué ganas de hacerte el amor, mi Lady Lyndon) por la Gran Vía de Madrid, había una misteriosa inscripción que rezaba: “SABER ESCUCHAR”. Más tarde, al leer La fêlure, comprendí que venía a cuento de la técnica psicoanalítica de Anne Dufourmantelle; pero durante semanas no hice más que pensar que era una evidente referencia a eso de “he aprendido a leer y escuchar el rastro de tu amor en el silencio”. Y quizás lateralmente lo sea; c’est-à-dire, no de manera excluyente, sino lúdica.
Una más y paso al análisis propiamente dicho. Roberto Juarroz. En otra instancia de la nota se discurría sobre el ya mencionado capítulo “Habitar la caída” que le dedicás a este poeta argentino. Pasaré a desmenuzarlo más tarde, pero ahora me detengo en la contundentemente estilizada oración del comienzo: “¿Existe un aprendizaje de la caída, una rehabilitación para esta incapacidad generalizada?”. Aparte de “caída”, el concepto de “rehabilitación” me puso en estado de alerta. Enseguida hay una invitación a dejar de hacer eslalon, alegoría de la velocidad y de la evasión de los riesgos –fallos personales y placas de hielo– para practicar la equitación, una disciplina que permite avanzar, pero nunca solo, siempre en pareja. Y que enseña, como bien se sabe, “a celebrar cuando te das una torta”. Es una cita textual de tu libro, Carlota. “La fiesta del fracaso”, Carlota.
Inicialmente –como apunté– se me ocurrió redactar una crítica sobre la Poesía vertical, y lo voy a hacer, a modo de sumario, muy pronto. Sin embargo, todavía no. Me limitaré a adelantar que me compré el libro de este oscuro poeta romántico y, en su póstuma “Decimocuarta poesía vertical”, me topé con estos tres fragmentos verticales: ‘Casi poesía’, ‘Casi razón’ y ‘Casi ficción’… Supongo que para el desprevenido ya se habrá aclarado un poco el panorama y a esta altura podrá inferir de dónde viene el nombre del presente ejercicio literario. En cambio, Carlota, vos lo debés haber cazado al vuelo. Tras la casi unánime celebración pública de mi primera novela, que tiene como personaje a Adrián Dárgelos, en 2013 los Babasónicos le (o me, tampoco a eso lo sabemos) dedicaron un disco titulado Romantisísmico cuya última pista se llama, casualmente, “Casi”. A raíz de que soy un gnóstico, y toda vez que sobre el final de mi segunda novela –País– caí en la cuenta de que estaba desarrollando un argumento que, si bien se asemejaba mucho, no era estrictamente la realidad, al último capítulo (el decimocuarto) le puse también así: “Casi”. Antes de morir lapidado en su Córdoba natal, Diego Fernández Pais se muda a Lyon con su novia bretona, Mélanie, y consigue un a la postre frustrado contrato para publicar la novela que escribió durante su estadía en Barcelona con su propia traducción al francés; el editor contratante se llama (¡qué agobio!) Fleurent Mathieu.
Primicia del 28 de febrero de 2024 de la revista Voici: “Charlotte Casiraghi ha vuelto a encontrar el amor: ¿quién es Nicolas Mathieu, su pareja, que no es ningún desconocido?”.
Taylor Swift con (Tra)vis Kel(ce). ¿Y ahora Charlotte Casiraghi con el escritor francés Nicolas Mathieu? ¿No parece una joda? Soy el famoso convidado de piedra, el burlador burlado: quise gastarle al mundo un chiste de considerable extensión y terminé atrapado en la broma infinita de los demás. A tomar por culo, tío.
Podría seguir horas, días, meses, años. Pienso que lo conveniente es que, aunque sea por un rato, dejemos acá. Pero no quisiera cerrar este acápite sin antes hacerte la misma pregunta que el boxeador Fabio “La Mole” Moli le hacía siempre, en el plató del Bailando por un Sueño, a la vedette Graciela Alfano: “¿Querés más?”.
En lugar de retroceder y corregir mi juicio precedente, dejaré la fractura expuesta; second thoughts are ever wiser, según Eurípides, y Milan Kundera dice que uno transita el presente con los ojos vendados y recién más tarde comprende lo que sucedió en el pasado. El corpus de su producción nunca me cautivó; sin embargo, sabido es que hasta un reloj parado marca dos veces al día la hora correcta. Dans les ténèbres, León Bloy. Desde su penúltima regla, Olivia Rodrigo se ha consagrado a la faena de desengañarme de las manipulaciones mediáticas. Mi agradecimiento hacia ella es eterno. “Stars Are Blind”, Paris Hilton. Todo arrancó en abril, cuando empecé a escuchar abiertamente sus sad songs a través de los videos musicales que compartía en mi canal de Instagram. Y, de súbito, recibí un bombardeo masivo de likes por parte de su fresco y ultrafeminine club de fans. A medida que la situación iba in crescendo, la comunicación indirecta escalaba junto a ella. Una foto inflando un globo de chicle, cambio de color del morado al rosa, likes de cuentas satélite en sincronía con sus publicaciones y lanzamientos, locaciones que viajan del Palacio de Versalles en París a una clínica artesanal, etc. Debo retractarme: apelé a la IA y me despejó la visión. El avance de la investigación fue asombroso y, con vértigo, descubrí el papel que juego para el mainstream: he reemplazado a Maurice G. Dantec en su condición de black box universal y hasta mi antigua psiquiatra lo sabía; si yo permanecía en la ciudad de Córdoba, apegado a mi círculo íntimo, no me quedaban más de tres años de vida, me tiraba por el balcón, la palmaba sin asco. Maurice G. Dantec y León Bloy: “La causa de esta glosolalia inaudita a la cual el Burgués se lanza todos los días se resume precisamente –y es mérito de Bloy haber puesto la cuestión en evidencia gracias a su erudición escritural– en el hecho esencial de que el Dinero no es sino la imagen real de la Segunda Persona de la Trinidad, el Dinero es la Sangre de los Pobres, la Sangre de Cristo, es a la vez medio y fin del sacrificio, es (como lo dirá Klossowski algunos decenios más tarde) la Moneda Viva, el Dinero, o mejor, el Oro –del cual no es más que la cara material–, la cara correspondiente al Adán de la Caída, es, en fin, la encarnación secreta del Crucificado en el Mundo: ‘Es probable, por lo tanto, que este mendigo fuese Jesucristo (del cual no es más que la transfiguración ordinaria), que es representado simbólicamente en las Divinas Escrituras por el dinero: yo soy el Dinero, dirá algún día, y no te conozco’”. Ayer leí una sentencia de Mick Jagger respecto al terrible costo psicológico de ser una estrella: “Tu estado mental queda permanentemente dañado”. Honestamente, es en torno a este escollo que se entretejió mi fêlure, Carlota, y mis últimos cinco años de drogadicción incontrolable han tenido más que ver con la irracionalidad y el resentimiento de las bestias de la noche que me rodeaban que con una debilidad psiquiátrica. Hablemos, de una vez por todas, sobre las recidivantes lesiones de los resilientes autores que te han acompañado a lo largo de la seguramente gozosa aventura de mecanografiar tu primera publicación autónoma. Avante.
Seguiré las instrucciones de Edgar Allan Poe para redactar un cuento policial y le daré inicio a esta (casi) crítica por la línea final: las 383 páginas de La fêlure de Charlotte Casiraghi no tienen otro justificativo que el de contradecir a Fitzgerald y mandarnos el mensaje de que en la vida, a pesar de que a veces parezca lo más improbable de la Historia, sí hay segundos actos; de que no es necesario –de acuerdo a sus propios términos– “recomponer las piezas, sino más bien abrazar la idea de que es posible vivir agrietado, vivir atravesado, y que eso vale más que la superficie indemne de una vida no vivida”.
Manifiesta Carlota en otro segmento de la entrevista casera:
… Creemos que la grieta es un gran evento que nos golpea y que podemos decir en una frase: bien, mi grieta es esta, y no creo que sea posible… Una grieta no se congela, progresa; influye en nuestros gestos, en nuestra forma de ser, de hablar, de relacionarnos con los otros… Una grieta no es algo que se percibe de inmediato… Una grieta es una fragilidad, pero no una ruptura. Podemos igualmente funcionar con una grieta, podemos esconderla, podemos decidir no verla, podemos recubrirla. Entonces, en tanto no lleguemos a un punto crítico, a menudo, no experimentamos necesariamente el deseo de profundizar en el asunto… es tan singular, tan particular en cada uno, y es a menudo silencio… es a menudo algo dentro de un ambiente específico lo que creó un vacío. Entonces uno no llega forzosamente a decir exactamente qué es, pero debemos crear una sensación de presencia en el lugar de ese desgarro, y la tentativa de muchos autores es soportar a través de las palabras ese espacio vacío, y no necesariamente taparlo a cualquier precio. En el lugar de esas zonas dañadas, necesitas inventar algo con las palabras… es eso lo que he intentado mostrar un poco en La fêlure.
Preámbulo, dieciséis capítulos y epílogo, La fêlure está barnizada con una placentera pátina de ese muy femenino saber de segunda mano que es el chisme. No sobre la vida de Carlota, no, o apenas, sino sobre la vida de cada uno de los creadores (novelistas, poetas, filósofos, diaristas, tanto mujeres como hombres) que ocupan las distintas secciones, todas con título florido, exergo canchero y un toque de amarillismo cool. La primera, por caso, no es La educación sentimental, sino “La bancarrota emocional”, y aborda, sobre todo, el exitoso fracaso del ya hartamente invocado escritor Francis Scott Fitzgerald. (¡Pero qué buen mozo que era, che!) Esta comienza con un conocido enunciado del revolucionario –el mejor escritor francés del siglo XX, el que detectó el ritmo del habla popular y liquidó la buena prosa de la tradición gala– Louis-Ferdinand Céline: “… Toda nuestra juventud se ha marchado ya a morir a los confines de la Tierra, en el silencio de la verdad”. Del Voyage au bout de la nuit. A lo largo del libro y la gira promocional, Carlota ha exhibido una auténtica fijación por el concepto de la Verdad. Lo más profundo, para mí, es el análisis que hace de Suave es la noche: la novela cuenta la historia de amor entre Dick y Nicole Diver, el matrimonio de moda de la Costa Azul cuya frívola vida en una suntuosa mansión parece, a primera vista, un sueño. Rosemary, una joven actriz con ambiciones de trepar en la escala social, un día conoce a la pareja en la playa y experimenta una demoníaca atracción hacia el aura que circunda a la figura de Dick. Sin embargo, remarca que es un halo misterioso lo que mantiene unidos a estos cónyuges, sin que ella pueda determinar con certeza cuál es. Lo último que se imagina es que lo que hay delante de sus narices es un brillante psiquiatra que se enamoró de su rica y atractiva paciente durante una temporada de internación en el universo blanco de la clínica de la que él es propietario. Dick es un alcohólico terminal y Nicole jamás se cura definitivamente de su cabalgante locura. Finalmente, Nicole abandona a Dick por un filisteo, un tipo menos inteligente pero más viril y Dick regresa a los Estados Unidos para llevar una vida anónima, casi fantasmática, en el sombrío fondo de una diminuta población rural.
Queda claro que la fêlure de Fitzgerald tiene que ver con su alcoholismo y un poco ese es el desafío que le presenta este hermoso libro al lector desprevenido: se trata de adentrarse en esa imprecisa zona (material o inmaterial) donde reside la herida de cada uno de los lunáticos que pueblan su bizarra galería de escribas que, como bote salvavidas, se han aferrado a la a veces más dolorosa y siempre más peligrosa experiencia que implica la manipulación del lenguaje. Asimismo, rescato que Casiraghi examine aquella afirmación de FSF que sostiene que: “La prueba de una inteligencia de primer orden es la capacidad de mantener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo y, a pesar de ello, conservar la capacidad de funcionar”. Establezco un paralelo con mi situación, con esto de ¿es o no?, el silencio y la pregunta, el ostracismo definitivo o la consagración rotunda, y me jacto; ¿por qué no me voy a jactar, si me hago cargo de todas las cagadas que me mando? Pese al desaforado avance colonialista por parte de esta gran duda (que no es justamente de giro cartesiano) sobre mi realidad efectiva, nunca he dejado de vivir, reír, funcionar y producir, así ya no me quedara ni un solo lector humano, porque las máquinas no son tan tontas y escanean todas nuestras ideas hasta nuestro último aliento…
Las adicciones remiten a otras dos autoras presentes en La fêlure: Marguerite Duras e Ingeborg Bachmann. El ensayo sobre Duras, en mi modesta opinión, lleva el mejor título de la colección: “Un visage détruit” (un rostro desfigurado). Reitero: en mi modesta opinión, el mejor título de la colección, y de lejos. Proviene de El amante, la única novela suya –lo confieso– que he leído. En este fragmento inicial, Duras reflexiona sobre su propio envejecimiento y el paso del tiempo: “Muy pronto en la vida es demasiado tarde”. Describe su cara, más que como algo arruinado, como una materia viva lacerada y marcada por el sol, la vida y sus experiencias, en un contraste brutal con la belleza y juventud que poseía a sus quince años en Indochina. Y también confieso haber experimentado desde niño el deseo oculto de ser un tipo de amante como el chino, no uno de esos amantes inocuos, sino uno de esos que, tras pasar el cuerpo de una mujer por sus manos, le dejan una huella indeleble, la afectan para siempre, la envejecen de golpe, la transforman en una cosa distinta a la que era.
En cuanto a Bachmann, al alcoholismo hay que añadir el consumo desenfrenado de barbitúricos. Una infancia dominada por el Anschluss (la anexión hitleriana de Austria del 12 de marzo de 1938) y los abusos paternos. De esta parte, me atrajo enterarme de la resistencia que presentó Ingeborg a mediados del siglo XX a las ideologías dominantes, y principalmente al marketing, al que define como “el lenguaje de los estafadores”. Lo que me escandaliza es que vos, Charlotte, setenta años más tarde, no percibas que las ideologías dominantes hoy en día son el conservadurismo socialista, la democracia atea, el normativismo matriarcal y el feminismo inquisitivo.
Todos los títulos elaborados por Casiraghi son remarcables, en este caso: “Ce qui est vrai” (eso que es verdad, eso que es cierto, lo que es verdad, lo que es cierto). Auden argumentó que la crítica literaria es inconcebible sin abundantes citas extraídas del objeto de estudio, y que la crítica literaria ideal debería reducirse a la transcripción textual de los pasajes que el experto considerara más relevantes. Las palabras de la primera página catapultan a la autora a la posteridad retórica: La vérité cherche dans les mots fêlés, les interstices frágiles, les silences et les non-dits et dans les sensations les plus physiques… Certains mots banalisent la douleur et le traumatisme, qu’il soit au plus intime ou inscrit dans l’histoire politique d’un pays. C’est une violence faite à la complexité, l'ambiguïté et la richesse de l’expérience humaine…
Luego, bajo el empavesamiento institucional de la buena conciencia humanitaria, Casiraghi emplea el discurso de Bachmann para velar por la androginia del genio poético; yo también, Carlota, considero la bisexualidad como el cumplimiento lógico del desarrollo individual, una forma, sin embargo, modelada por un neocentrismo sexual moralista que la Universidad pretende implantar compulsivamente en los sujetos. Una tendencia sofisticada, por tanto, de microfascismo burocrático.
Ningún reparo opongo a las críticas de Bachmann al materialismo ya imperante en su tiempo; algunos las seguimos enarbolando contra toda esperanza. Simplemente no comparto su candorosa oposición al capitalismo.
Y ya que hablamos de paveses, empalmo con algunas notas sobre el escritor, traductor, crítico literario y ensayista italiano Cesare Pavese. El epígrafe de “La minute de trop” (el minuto de más) es el siguiente: “El autodestructivo es, por encima de todo, un comediante y amo de sí mismo. No deja pasar ninguna ocasión para sentir y ponerse a prueba. Es un optimista”. La fêlure de Pavese, según la autora, gira en torno a una masculinidad lábil provocada por la temprana desaparición de la father figure. Siempre según Carlota, esto lo conduce por tres caminos diferentes: primeramente, el repliegue en la lectura durante su adolescencia; en segundo lugar, la misoginia, y esta vez cita:
Aquel que denuncia la amoralidad del amor venal debería dejar tranquilas a todas las mujeres, pues, si excluimos los raros instantes en que una mujer nos ofrece su cuerpo por amor, incluso la mujer que nos ha amado se deja hacer y actúa solamente por cortesía o por interés un poco resignada como una prostituta.
Solicito al lector cotejar con el último párrafo de “Ante la pornografía de los ideales”, la lectura de El neorromanticismo efectuada por Luis Thonis, y con el minivestido Chanel de cuero morado con el que apareció Carlota recientemente en el Grand Prix de Fórmula 1… En tercer lugar, acusa la costumbre pavesiana de poner el ojo en mujeres inalcanzables, estrellas interplanetarias como la actriz norteamericana Constance Dowling para, de tal modo, evitar el compromiso. Yo me pregunto cuántos autores han hablado públicamente de supuestos vínculos erotómanos, de presuntos amoríos con mujeres inalcanzables desde varios años antes de la muerte de Pavese. Aunque la gran mayoría no, estoy convencido de que vos captaste la ironía, Carlota, de lo que hablé en la entrevista sobre Taylor Swift. El hombre ideal, en la exposición del sociólogo Gilles Lipovetsky, no es el millonario ni el musculoso ni el fachero, sino el genio; bastaría pensar en Arthur Miller con Marilyn Monroe. La envidia por lo general se disfraza de intriga, enuncia Oscar Wilde en “Más allá de la tumba”, y según Macedonio Fernández es más fácil devenir presidente que zapatero, porque hay menos candidatos al cargo. ¿Habrá acaso imaginado en su infancia de clase baja Nicolas Mathieu que terminaría emparejado con la princesa de Mónaco? No lo creo. Esto conecta directamente con George Sand, hija de padre noble (trágicamente fallecido al caer de su caballo en septiembre de 1808, cuando la escritora tenía apenas cuatro años) y madre obrera. Dos huérfanos de padre antes de siquiera conocerlos a fondo; parangón con la triste historia familiar de Carlota. Su desoladora herida.
George Sand fue una mujer progresista que se entusiasmó a más no poder con la revolución de febrero de 1848 y, a causa de ello, fue víctima de las tomadas de pelo de su amigo y eximio novelista Honoré de Balzac y del poeta maldito Charles Baudelaire, quien –de acuerdo a la brillante adjetivación de Carlota– le dedicó “palabras asesinas”.
Luego hay un paralelo entre Elizabeth von Armin, la bestsellerista –por ello mismo– olvidada, la que escrachó –en Vera– al hermano mayor de Bertrand Russell, y la eterna Virginia Woolf. La primera, ultraconservadora de la high, encuentra en el perro un refugio paisible del infierno de las relaciones humanas, mientras que Woolf, esa máquina de denunciar las injusticias sociales, lo ve como un flush bond entre las personas. De Roberto Juarroz, de quien ya he hablado bastante, me gustaría remarcar su contradictoria relación con la vanguardia (lo suyo es una reta/vanguardia, una vanguardia-otra), sus influencias del romanticismo oscuro de Novalis, el que consagró al misterio como el pináculo de la belleza, y de Martin Heidegger, quizás el filósofo más importante del siglo pasado. (Este determinó que el Ser acontece fuera de sí: en los bordes, en la órbita, en lo desconocido.) Transcribo el poema de Juarroz invocado más arriba:
Hay que cavar las fuentes.
Hay que cavar las fuentes
y hallar las que están debajo.
Hay que cavar cada paso
y después la huella de cada paso.
Hay que cavar cada palabra
y la ausencia que arrastra cada palabra.
Hay que cavar cada sueño
como si fuera un continente oblicuo.
Hay que cavar el mundo
hasta que sea una sola excavación.
Hay que descubrir las fuentes
que fueron enterradas hace mucho,
tal vez desde el principio.
Hay que iniciar una nueva arqueología:
la arqueología de las fuentes,
la arqueología total.
El autor que menos me llegó es el diarista marino Bernard Moitessier, capaz porque jamás participé de la Semana Clásica de Mónaco. Queda afuera Colette, la valiente, perversa y liberal periodista, guionista, libretista, además de redactora de muy escandalosas novelas, que se refugió en el cabaré para evitar la violenta depresión que acarrea todo fulminante fracaso amoroso como el causado, en su vivencia, por los increíbles celos enfermizos de un marido extremadamente infiel como lo fue Willy. La perfectamente imperfecta sección titulada “Réparer la lune” (reparar la luna). Y la filósofa, psicoanalista (“escuchar no es entender, hay que saber escuchar”; yo escucho a todas estas mujeres, pero no entiendo lo que me quieren decir) y gran defensora del secreto Anne Dufourmantelle. Una marginada por el racismo americano, otra perseguida por el estalinismo. Pascal. Sirva este resumen como botón de muestra del impresionante debut ensayístico de Charlotte Casiraghi.
Y, para cerrar, tomo nota del consejo de W. H. Auden y recobro algunas citas del libro, y una sola de la web. A posteriori, adicionaré un breve mensaje de amor a la intelligentsia francesa.
Uno: La dulzura no es sentimental, puede irrumpir en el mundo brutal y viril de la Ilíada.
Dos: El hombre está condenado a oscilar entre la grandiosidad y la miserabilidad.
Tres: Solo a través del descenso a los infiernos podemos acceder al autoconocimiento que nos allana el camino hacia la apoteosis.
Cuatro: El topónimo Mónaco, compuesto por monos (solo, único, aislado) y oikos (casa, hogar), viene de una expresión griega que significa “solo para sí mismo”, haciendo referencia al personaje mitológico Hércules, al que antiguamente se daba culto en el territorio que actualmente se corresponde con este principado, situado entre Francia e Italia.
La fêlure está regada con herramientas filosóficas proporcionadas por el ganso de Jacques Derrida, el teórico de los márgenes y las huellas: el maldito chic de los papers universitarios del primer y tercer mundo. Francia se ha empeñado en olvidar al cretino de Sartre, y lo bien que hace; sin embargo, ha reemplazado al anarcocomunista contumaz que se quedó de brazos cruzados durante la ocupación del Reich por un clown posmoderno que, pese a los recurrentes desafíos de sus paisanos askenazíes, ni siquiera pudo disimular su aversión por el pueblo judío. El ciclópeo objetivo es liberar a París del previsible resurgimiento de los demonios del antisemitismo.

Comentarios