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YARA LAPIDUS: “Me atraen los artistas que han atravesado la oscuridad y no fingen haber salido indemnes”

  • Foto del escritor: Diego Fernandez Pais
    Diego Fernandez Pais
  • 19 mar
  • 31 Min. de lectura

Por Diego Fernández Pais



Perdón, Yara. Le pido perdón a todo su fandom. Pero tengo que hacer esta introducción que aún no sé si será larga o breve, pero les prometo que no es en balde. Y tampoco caerá en saco roto. Es relevante, muy relevante, y casi necesaria –diría.

El comienzo de mi 2020 fue fatal. Yo había viajado a Santiago del Estero para festejar el año nuevo con la familia de mi novia y, por la cantidad de droga que venía consumiendo, me había propuesto firmemente mantener la abstinencia por una noche y dos días, que fue todo lo que duró la visita; ya podrán imaginarse cuál era mi situación. La primera tarde me la pasé en la pileta tomando cerveza (que nos facilitaba, a mansalva, mi exsuegro) y terminé borracho como una cuba. Los fantásticos planes se fueron al tacho.

Para estar más cómodo, yo había pagado una suite en el mejor hotel –lo que no es mucho decir– de aquella provincia norteña, de suerte que tuve que trasladarme ebrio en camioneta desde La Banda hasta el centro de la capital, y en el primer semáforo un crío quiso limpiarme el vidrio.

Estaba por hacerlo cuando le pregunté dónde podía conseguir cocaína; enseguida, los ojos se le iluminaron y me pidió ocupar el asiento del acompañante. Por supuesto, le contesté que sí, y me condujo hasta una villa de emergencia. Quedaba a cuatro cuadras; en Santiago todo queda cerca. Me dijo que le diera el dinero, que él iba a comprarla y volvía, y yo le respondí de ninguna manera, no hay forma, me vas a estafar, te acompaño. En las épocas de consumo funcional uno mantiene su peso en línea, la piel se vuelve prístina y reluciente y, al igual que sucede con el tono de voz y el cariz de la mirada, la postura corporal cambia rotundamente. En tal sentido, estaba en mi mejor momento; aunque por aquella época no pudiera sospecharlo, todavía ni siquiera había bajado el primer peldaño de mi terrorífico descenso a los infiernos.

Esa era mi facha, tenía unas gafas de sol Versace compradas en Dubái y la ya legendaria réplica de Patek Philippe en la izquierda, cuando me dispuse a caminar a su lado; a media cuadra me quisieron estrangular con una remera para robarme, y reculé y no me quedó otra que instarlo a que fuera solo. De última no era tanta plata, tampoco, y capaz me hubiera venido bien que no volviera, pero otra cosa quería el destino: me consiguió la dosis, esnifé, mi cabeza voló, tomé clonazepam para calmarme y llegué doblado al asado –que, especialmente para mí, había preparado este señor tan cortés– de noche vieja, en el cual volví a ingerir alcohol con impunidad.

Así, como les anticipaba, empezó ese año que constituye una bisagra en mi vida.

 

El verano fue igual y la pandemia aceleró la catástrofe. Durante 2017, 2018 y 2019 yo, que soy consciente de que no faltará quien lo ponga en duda, laburé mucho como abogado y pude ahorrar una discreta suma de dólares. Aparte, saqué todos los préstamos a tasas irrisorias que ofreció el gobierno argentino, y renuncié al estudio jurídico. Tras cinco años de un silencio novelístico del que prácticamente nadie se dio por enterado, me recluí a escribir de nuevo y a publicar por entregas en la web los capítulos que estimaba al nivel de mis pretensiones. Tipeaba a mil, y me excitaba la inmediatez. Había vuelto a levantar el perfil en el mundillo literario y estaba recibiendo algunas señales de repercusión elitista: escritores, editores, artistas de toda laya, le prestaban atención a mis desvaríos y el yerno del difunto exgobernador José Manuel de la Sota me contrató para que me encargara de la comunicación concerniente a su millonaria empresa de medicina cannábica.

Ahora lo chequeo y llevaba cuatro extensos capítulos de la novela en construcción publicados cuando, el veintitrés de noviembre, pese a que mi actividad se concentraba principalmente en Facebook, recibí un inesperado like en Instagram de la cuenta verificada de una tal Yara Lapidus. Les soy sincero al decir que no recuerdo si visité de inmediato su perfil o si lo hice algunos días, semanas o meses más tarde, pero lo concreto es que lo hice, y bien arriba en el feed, en una foto fijada, descubrí a una hermosa mujer (cantante, según lo que leí en su bio) grabando un dúo con Iggy Pop. Ahora ustedes se sorprenderán; sin embargo, no exagero: en aquel momento no se me movió ni un pelo. Pensé en Iggy Pop, de inmediato conecté a Iggy Pop con Michel Houellebecq, y dije yo sé que el francés me conoce desde Barcelona. Punto. Inhalé otra raya.

Yo estaba en las últimas. Veo que publiqué un capítulo en junio, dos en julio, otro en octubre y ya no pude, quise o supe escribir más. De hecho, esa novela, sugestivamente titulada Una vez más, todavía duerme en alguna carpeta de mi escritorio virtual. Aunque estaba loco, me volví loco al cuadrado y una megalomanía delirante se apoderó por completo de mi sistema nervioso. En 2021 acabé internado en una clínica cordobesa de poca monta, y allí redacté un diario en el cual desplegaba mis pensamientos paranoides: Taylor Swift y todo el star system pop americano me acechaban, por lo menos, since 2008. Erotomanía, me diagnosticó la psiquiatra que dirigía el establecimiento.






 

Lo que siguió fue una profunda depresión que combinaba elementos de craving con complejos físicos (subí veinte, veinticinco kilos, los antipsicóticos surtieron efectos secundarios imprevistos, como movimientos involuntarios irrefrenables, y mi rostro se desfiguró) e incertidumbre con respecto a qué era real y qué una fantasía descomunal. Hacia octubre de 2022 tuvo lugar mi segunda internación y en enero de 2023, por enésima oportunidad, recaí.

Ya que tras el suyo no llegaron los likes de Mick Jagger, Woody Allen, Sophia Loren o Clint Eastwood, en ese estado decidí constatar la veracidad del que había recibido por parte de esta cantante franco-libanesa que, según lo que pude investigar, pese a no ser de tanto renombre tenía una historia tan fascinante como la de cualquiera de esos próceres de la cultura. La etiqueté en una publicación de Facebook, en la que aclaraba –con una foto de la prueba– que era una estrella internacional a la que se le había escapado “un like en Instagram”, y lo confirmó con un segundo like, al que lo acompañó la aprobación de otros músicos franceses como, por ejemplo, Alice Botté. Luego vino el tercero, y finalmente un cuarto. La única vez que volví a saber de ella en las redes fue cuando vio una story de Instagram en la que yo compartía una fracción del tema “Solo tus canciones” de Daniela Herrero.

Pero aquel intercambio de 2023 fue capital para que yo me decantara por la publicación del diario de internación que había escrito en 2021 bajo el deliberado (para la gran mayoría descabellado, excéntrico, imaginario o presuntuoso) título de Fama. Curioso: este último librito fue recomendado por Eugenio Monjeau en X, y apenas posteé la foto en Facebook, recibí un like de Alma Fakhr, otra artista (plástica y visual, ella) franco-libanesa originaria de Beirut. Europa: continente-búnker, continente-desastre, continente-alemán. ¿Qué tanto tendré que ver yo con la communauté du Proche-Orient à Paris? De repente, me asaltó la pregunta.

Han pasado tres duros años desde tales sucesos. En noviembre del 2025 me interné –una vez más– en Buenos Aires y, como suele suceder durante los períodos de encierro forzado, la cabeza se dedica a vagar en busca de libertad o, aunque más no sea, un respiro y entonces se adquiere una claridad mental que es casi imposible de conseguir con el trajín de la rutina diaria. Garabateé el argumento de dos novelas (una y media, en realidad, porque ya les comenté que tengo unos cuantos capítulos de Una vez más escritos y publicados) y tuve la brillante idea de contactar a Yara para entrevistarla. Avec plaisir, fue su ágil mensaje por privado. Estamos, por ende, en condiciones de arrancar.

 

Resulta muy fácil darse cuenta de que no consigo salir del traje de escritor y meterme en el de periodista. ¿Periodismo? No tengo ni la más puta idea de qué es eso. En consecuencia, y a pesar del título, se podría decir que lo que van a leer a continuación ha sido muchas cosas menos una entrevista. A mí, que soy un preciosista, me gusta pensar que se ha tratado de una correspondencia al estilo de la que los artistas solían mantener allá por el siglo XIX.

Miro el WhatsApp y constato que el primer mensaje data del diecisiete de febrero de 2026 y el último es de ayer, sábado siete. En el interín, he hablado sobre el tema con todo tipo de gente: familiares, amigos, editores y secretarios de redacción de las secciones de cultura y espectáculos de los diarios más importantes del país, y directores de revistas musicales y literarias. A todos, sin excepción, les pareció alucinante la historia de esta bellísima exmodelo, exdiseñadora (destacada en vestuarios para obras de teatro) y actual cantante vanguardista.

No seré yo quien la introduzca, pero previo o a la postre de sus intervenciones procuraré –si es indispensable– completar los baches que entre nosotros se hayan dado por sobreentendidos y los que, de seguro por un exceso de pudor, ella haya dejado en blanco. Y tampoco pareciera ser mala idea que tras conocerla a través de esta nota sean ustedes mismos quienes se encarguen de googlearla y rastrear más información sobre su inaudita biografía. Experimento la tentación de conservar sus respuestas originales al transcribirlas en francés, pero entonces el asunto correría el riesgo de transformarse en un libro; les ruego que depositen su confianza en mi talento como traductor:

 

Estimada Yara,

Creo que cumplís con todos los requisitos como para ser considerada un artista de culto, y lo que distingue a estos artistas es que su vida, en cuanto a nivel de interés, importancia y trascendencia, suele estar a la altura de su obra…

¿Podrías contarnos un poco sobre ella (tus raíces libanesas, tus estudios en París, tu entrada en el mundo de la moda, luego al clan Lapidus, y finalmente cómo terminaste convertida intérprete y vocalista)?

 

Por las venas del clan Lapidus corre moda. Robert Lapidus, sastre de carrera, fue el padre de Ted Lapidus, quien, tras una temporada como aprendiz de Christian Dior, junto a éste e Ives Saint Laurent revolucionó la indumentaria parisina de la posguerra al crear su propia firma.

La marca transitó una rápida expansión y llegó a ser una de las más conocidas en el planeta fashion durante las décadas de 1960/70. Se lo apodaba el “poeta de la moda” y su éxito se cimentó, en gran parte, gracias a la novedad de sus colecciones pret-à-porter, en las que trabajó junto a su dedicación a la alta costura.

Fue pionero en la introducción del estilo unisex y militar (safari) en la calle, elementos fundamentales de la estética de los años 60 que influyeron decisivamente en el concepto de la mítica portada del Sgt. Pepper's. Su enfoque audaz reflejó la psicodelia característica de la época; no solo vistió a los Beatles, sino también a estrellas de la Nouvelle Vague como Brigitte Bardot y Alain Delon.

Se casó con Véronique Zuber, Miss Francia 1955, y tuvieron un hijo, Olivier Lapidus, marido de Yara (Wakim de soltera) y exdirector artístico de Balmain, la empresa de su padre y Lanvin, entre otras luxury brands; a este se lo llama el “Michael Kors galo”. En un reportaje, como declaración de principios, el exquisito heredero de paladar aristocrático manifestó: “Soy un diseñador de espíritu libre, me gustan los vestidos de noche que satisfacen a unos pocos cientos de mujeres en el mundo”.

Como fruto de su matrimonio con nuestra protagonista han nacido Koukla y Milla, las actrices y modelos haute couture europeas con mayor presencia internacional de la nueva camada; el archivo de la agencia estadounidense Getty Images contiene el respaldo del álbum de fotos familiar.  




 



Nací en Beirut en plena guerra…

Siempre he considerado a Francia mi madre y al Líbano mi padre: una me dio raíces; el otro, alas. Durante mucho tiempo, esta dualidad me agotó. Hoy, se ha convertido en mi supremo tesoro. Habita constantemente en mi corazón y mi mente.

Beirutí, me arrancaron de mi ciudad a los dieciocho años. Dicen que todo se forma en la infancia: la personalidad que forjamos, el destino que nos sigue. Puedo dar fe de ello.

Todo lo que escribo lleva la huella de aquellos años de formación, entre los cero y los dieciocho años. Beirut no es un telón de fondo en mi vida: es un recuerdo vivo. Una tensión. Un suave ardor.

Luego llegó París. A los siete años, durante mi primer viaje, supe que esta ciudad sería mía. Les rogué a mis padres que me dejaran estudiar diseño de moda y patronaje allí. Aún no sabía qué forma tomaría mi destino, pero sabía que implicaría la creación.

Tenía dos pasiones: el teatro y la moda. El escenario, sin saber qué haría allí... pero siempre me vi en el centro, atraída por la luz como a una promesa.

La moda fue mi primer idioma. Me enseñó audacia, estructura, la ilusión de simplicidad que oculta una sutil sofisticación. Vestir a otros significaba permanecer en la sombra, ofreciendo la luz.

La transición a la música fue como un cambio inevitable, un paso de la sombra a la luz.

Llegué a la composición de canciones "por accidente", literalmente. Y en mi punto más bajo, mi esposo Olivier me recordó una frase que repetía a menudo: "En otra vida, habría escrito y cantado mis propias letras".

Le debo este cambio a él.

Pero en realidad, nada fue casualidad. La música había estado ahí desde la infancia: la guitarra a los seis años, el piano, las palabras, la necesidad visceral de expresión. Simplemente tenía que estar preparada para esta vulnerabilidad. El escenario exige una poderosa vida interior, oculta durante mucho tiempo, que ahora dejo aflorar.

El "clan Lapidus" forma parte de mi paisaje emocional y artístico. El diálogo creativo con Olivier es fundamental. Nuestras profesiones requieren una identidad fuerte, pero nuestras sensibilidades no chocan; se complementan. Nos retroalimentamos como dos espejos que se reflejan. Hay una continuidad casi orgánica en esta sinergia con lo que vi de niña en mis padres.

No separo mi vida de mi trabajo.

Las dos culturas son una dentro de mí. El francés es el idioma en el que sueño, el árabe el que me habla directamente al alma.

Creo que si mi viaje parece una novela, es simplemente porque nunca busqué seguridad. Seguí mi intuición. Abracé el exilio. Abracé la luz.

Y, en definitiva, todo esto –Beirut, París, la moda, la música– es solo una trayectoria: la de una mujer que transforma sus fracturas en frecuencias.

 

Siempre me han interesado los artistas atados a una doble pertenencia, ligados a dos idiomas y a dos tradiciones. Yara encarna plenamente esa cuestión... Es una mujer escindida, con la dosis justa de extrañeza para ser una buena compositora. No obstante, la cumple con creces, ya que hasta la actualidad ha cantado en tres, cuatro lenguas distintas: francés, árabe libanés, inglés y uno que otro vocablo suelto en portugués.

 

   Maravilloso, Yara.

Creo que has abierto varias muchas puertas para explorar: dos pasiones, dos idiomas, dos países o dos ciudades, luz y sombra, raíces y alas, el padre por un lado y la madre por el otro…

Por ahora, creo que lo ideal sería que profundizaras en expresiones como "por accidente", "la necesidad visceral de expresarse" y "una mujer que transforma sus fracturas en frecuencias"... Entiendo lo que querés decir, pero ya que hablamos de la inexistencia del azar, me preguntaba si podrías hablar un poco más al respecto…

 

Hay una bagatela para tener en cuenta: lo de “por accidente” es plausible, también, de una ambigüedad anfibológica. Puede evocar la noción de azar tanto como la de cierta topología determinista. Por su devolución, yo me inclinaría por la segunda. Veamos.  

 

Buen día, Diego.

Cuando digo "por accidente", no me refiero solo a un evento (la parálisis de mi brazo izquierdo). Hablo de un colapso.

Hay momentos en que la vida resquebraja la estructura que creíamos sólida. Creemos tener el control de nuestra trayectoria, y de repente todo tambalea. Este "accidente" es un punto de inflexión. Pero no creo en la casualidad. Creo en los encuentros tardíos.

La música ha estado ahí desde la infancia... la guitarra, las palabras, el escenario de los sueños. Simplemente estaba esperando a que me despojara de todo lo demás. A veces, para escuchar tu propia voz, el ruido externo tiene que desmoronarse.

La "necesidad visceral de expresarse" no es una ambición. Es una necesidad orgánica. No me dije: "Quiero cantar". Me dije: "Ya no puedo callar".

En cuanto a "transformar las propias fracturas en frecuencias", quizás esa, en el fondo, sea mi verdadera definición. Todos experimentamos fracturas. Pero pueden convertirse en cicatrices sanadas... o en portales. En mi caso, se convirtieron en vibraciones. Cada herida buscaba una nota. Cada ausencia producía un eco. Lo que perdí en continuidad, lo reencontré en ritmo.

No me convertí en cantante por casualidad. Me hice audible por necesidad.

 

En esta instancia, Yara me advirtió que viajaba por cuatro días a Marruecos, y que quizás sus respuestas arribaran con algún tipo de retraso o demora. Lo subsiguiente fue un mensaje en el que le escribí que yo iba a ponerle otra pregunta de todas formas. Que ella la respondiera cuando tuviera ganas, cuando estuviera libre e inspirada.

 

Hola Yara, supongo que ya te has ido, pero te dejo con otra pregunta/reflexión, y podés responderme cuando tengas un momento…

No he olvidado las puertas que quedaron abiertas, y sobre todo tu insistencia en no creer en las casualidades, sino en los encuentros tardíos… Pero hay algo más que volvés a destacar, esa cualidad visceral que me atrae tanto: sos la primera persona a la que la familia Lennon ha autorizado a traducir una canción de John al árabe, más precisamente a tu lengua materna, el libanés. Has elegido “How?” y me parece que con esta canción, el ídolo máximo inauguró la fase más visceral de una carrera ya de por sí marcada por esa misma intensidad… Hablaremos de otros artistas que también han captado tu atención, pero por ahora, me gustaría que me contaras más sobre tu conexión con John Lennon. O sea, los Beatles son gigantes, y tu suegro supo vestirlos, pero al final te sentís más atraída por el lado visceral de un Lennon que por la estructura y el refinamiento de un Paul McCartney. ¿Tenés algo que decir al respecto, y sobre tu experiencia traduciendo este auténtico himno de su trayectoria como solista?

Sabemos que el trauma también ha marcada la carrera del genio detrás de los Beatles…     






 

Días después…

 

Hola Diego,

Creo que John Lennon siempre me ha conmovido: no ocultaba su vulnerabilidad.

Los Beatles son catedrales.

Pero Lennon, solo, es como una habitación abierta al viento.

Hay algo crudo, casi incómodo en él. Una forma de plantear la pregunta sin intentar embellecerla. "How?" no es una canción espectacular. Es una pregunta en suspenso. "¿Cómo puedo seguir adelante cuando ni siquiera sé hacia dónde miro?" es una frase que podría pertenecer a cualquier vida llena de dudas.

Cuando la familia Lennon me dio permiso para traducir "How?" al libanés, lo viví como un encuentro tardío. No como un privilegio terrenal, sino como una profunda responsabilidad personal.

Traducir esta canción no se trataba de pasarla de un idioma a otro.

Se trataba de cambiar una fragilidad.

El libanés es mi lengua materna. Es el idioma de los primeros miedos, los primeros consuelos, las primeras separaciones. Cantarla en ese idioma fue como regresar a la infancia. A algo crudo.

Lennon estuvo marcado por el trauma, sí. Abandono, pérdida, exilio interior. Quizás es ahí donde me siento cercana a él. No en comparación –sería indecente–, sino en esta forma de transformar la fisura en material artístico.

Hay artistas que construyen.

Y hay artistas que sangran.

Para mí, Paul McCartney representa una arquitectura melódica sublime, una maestría casi radiante. Lennon, en cambio, acepta la sombra. Deja la pregunta abierta. No siempre busca resolver la tensión.

Y vengo de un país donde la pregunta a menudo queda sin resolver.

Donde aprendemos desde muy temprano a vivir con la incertidumbre.

“How?” en libanés, fue como susurrarle esa pregunta a la niña que una vez fui. Fue crear un diálogo entre dos vulnerabilidades: la suya y la mía.

No creo en las casualidades.

Creo que algunas canciones nos esperan.

Y quizás el "How?" simplemente esperaba ser preguntado en un idioma que también conoce el vértigo de no saber hacia dónde mira.  

 

El clásico “How?” de John Lennon, en la refrescante versión en léxico arábigo (libanés) de Yara Lapidus, cambia su título a “How-Kif”.

 

Entiendo, Yara, tus respuestas son muy poéticas. Antes de profundizar en la moda, tu estilo y el uso del color en tu obra (tanto en el diseño como en la estética y el concepto de tus álbumes), me gustaría continuar por el camino que has trazado…

Al igual que con Lennon, tradujiste "The Man Who Sold the World" de David Bowie, quien, al parecer, insistió sin descanso hasta que lo convenció a John de grabar "Fame". También hiciste un dueto con Iggy Pop, quien, por su parte, fue salvado de la drogadicción (cuando lo trasladó a la fuerza a la capital alemana) por Bowie: en aquella época, si no me equivoco, colaboraron en la famosa Trilogía de Berlín...

En otras palabras, son tres artistas estrechamente vinculados: ¿podrías identificar un hilo conductor entre ellos? ¿Quizás sea ese estilo minimalista, visceral y descarnado que mencionaste en tu respuesta anterior? ¿Cómo se desarrolló tu relación con estos dos íconos del rock contemporáneo?

No sé si ya he respondido una, dos o tres preguntas de las preguntas que te hice, pero seguro que todavía tenés cosas que decir al respecto...






 

El nombre traducido al árabe de “The Man Who Sold the World” de David Bowie es “Elli”, y el tema –con letra suya– que grabó a dúo con Iggy Pop se titula "Encor’, encor’".

 

Verás, lo que me conmueve de tu forma de conectar a Lennon, Bowie e Iggy no es la anécdota musical.

Es el mapeo de sus heridas.

Estos tres hombres comparten una cualidad poco común: cruzaron el abismo sin ocultar su experiencia.

Lennon plantea la pregunta.

Bowie se despoja de su piel para sobrevivir.

Iggy cae y se levanta de nuevo con una verdad casi primigenia.

Lo que los conecta no es solo la historia, Berlín, las drogas o las colaboraciones.

Es la valentía de la metamorfosis.

Bowie comprendió desde muy temprano que la identidad no es fija. Hizo de la transformación un arte. Pero bajo el vestuario, había una inmensa soledad. “The Man Who Sold the World” habla de la disociación, de ese momento en el que ya no te reconoces. Es una canción vertiginosa. Cuando la adapté al árabe, convirtiéndola en “Elli”, no quería imitar a Bowie. Quería recuperar ese vértigo, pero desde mi propio exilio autoimpuesto…

Iggy, en cambio, es casi mítico. Representa la supervivencia pura.

Su cuerpo en el escenario es una declaración. No juega con la fragilidad: la expone.

En cuanto a Lennon, se atrevió a quitarse la armadura después de haber sido un monumento. Quizás eso sea lo más difícil: bajar del pedestal para volver a ser humano.

Si tuviera que identificar un hilo conductor, no sería solo la simplicidad.

Sería el desnudarse tras la extravagancia.

Los tres experimentaron el caos.

Los tres transformaron ese caos en lenguaje.

Mi relación con ellos no se construyó como una estrategia. Se tejió desde la afinidad… Con Iggy, el dueto no fue un trofeo, fue un encuentro de energías. Había una simplicidad casi infantil detrás del ícono. Una curiosidad genuina.

Con Bowie, incluso desde la distancia, existía un reconocimiento silencioso. Adaptar “The Man Who Sold the World” fue como dialogar con un fantasma elegante. Pero un fantasma lúcido.

Creo que me atraen los artistas que han atravesado la oscuridad y no fingen haber salido indemnes. Aquellos que saben que la luz más brillante a veces surge de un lugar agrietado.

Quizás porque vengo de un país que ha tenido que resurgir mil veces.

Quizás porque sé que la identidad nunca es estable.

No busco íconos.

Reconozco a los sobrevivientes.

Y los sobrevivientes se reconocen entre sí.

 

Sabía que tenías algo monumental, digno de las personas involucradas, incluida vos misma, para decir sobre este asunto, le contesté... El mapeo de las heridas, seguí, que infligiste –vos, y no yo– es a la vez hermoso e infinitamente triste. Me he emocionado. Te escribiré nuevamente pronto. Y el mensaje flotó hasta el atardecer…






 

Sigue el intercambio, Yara.

Hablemos ahora de lo visual: los colores de tus diseños, tu estilo personal y tus álbumes… Encontré algunas fotos –de tu época como modelo y estilista, así como otras más recientes de tu primer álbum– donde pareciera que también has trasladado esa dualidad que mencionaste antes a la ropa: siempre en blanco y negro…

Pero en Back to Colors, te ​​has reinventado por completo; ahora vestís como un arcoíris. ¿Qué nos podés contar sobre este cambio y tu relación con los colores en general?

 

Pensaba en “She's a Rainbow” de los Rolling Stones y en una remera batik de Ben & Jerry's que mi madre me trajo de Nueva York y que causó furor (durante el verano 2018/19) en Internet.

 

Buenas noches, Diego.

El blanco y negro no fue una elección gráfica.

Era un estado de supervivencia.

En la época de Indéfiniment, aún me atormentaba la melancolía de mi accidente. Todo se había encogido. El blanco y negro correspondía a este período suspendido, una existencia reducida a lo esencial, casi desprovista de matices. Había luz… y su ausencia. Nada intermedio.

El blanco y negro transmitía un mundo interior silencioso, una forma de elegancia austera, casi monástica.

Un día, se produjo este gesto interior: patear el fondo de la piscina, y de ahí nació Back to Colors.

No fue una estrategia visual. Fue un reflejo vital. Tras atravesar la oscuridad, sentí una necesidad física de color. Como si mi cuerpo exigiera todo el espectro. Rojo para el pulso. Azul para la profundidad. Amarillo para la luz redescubierta.

No me "reinventé". Amplié mi paleta. El blanco y negro era un santuario interior.

El color se convirtió en una ventana abierta.

Tanto en la moda como en la música, trabajo en ciclos emocionales. Cada álbum tiene su tono cromático. Cada época tiene su luz.

Y quizás ese arcoíris del que hablas no sea más que eso: una mujer que ha abrazado todos sus matices.

 

Mi terapeuta, lacaniano, relata que en la mayoría de casos a él se le hace imperioso “verduguear” al paciente para despertarle aquello que está como metido dentro de lo que es su “cobardía moral”. Se le hace imperioso empujarlo a la cornisa para que asuma la posición narcisística… Conmigo, sin embargo, todo lo contrario; para desgracia, soy un sujeto en el que el narcisismo transpira a flor de piel.

 

Buenas noches, Yara, aunque solo sean las cinco de la tarde en Buenos Aires, jaja.

La cultura francesa me fascina, sin duda debido a mis intereses (bastante raros, por cierto, en otros lugares que no sean Francia), concretamente el punto de encuentro entre el mundo de la moda y las esferas artísticas e intelectuales. Basta pensar en obras como, por ejemplo, El sistema de la moda de Roland Barthes, o en personalidades como Brigitte Bardot, Jane Birkin o Alain Delon, entre tantas otras… Este tipo de intersección, como te adelantaba, es bastante inusual en mi país…

En 2020 recibí un curioso like tuyo en Instagram (imaginate un like como si Lennon, aún vivo, hubiera comentado el video de "How-Kif" en YouTube, o incluso algo mucho más lejano) en una foto que publiqué con la tapa de la novela Los galgos, los galgos de Sara Gallardo…

De hecho, Sara Gallardo fue una mujer rara, excepcional, una mujer progresista que, durante su matrimonio con Murena, uno de los pensadores argentinos más densos de su tiempo, se dedicó a analizar un tema considerado superficial a primera vista: la moda, en una columna titulada "La Donna è Mobile".

Mi pregunta es si fue un bot o si, en realidad, la obra de Gallardo ha llegado a Francia, al mundo literario y de la moda… porque, aunque no es una autora masivamente traducida, tres cuartas partes de Los galgos transcurren, aunque sé que te cuesta creer en ellas, por una extraña coincidencia en París…

Y, si de verdad la conocés a ella y esta novela en particular, me gustaría saber cuál es tu relación con la literatura, porque te considero, más allá de tu ya de por sí impresionante destreza como intérprete, una de las poetas francesas contemporáneas más relevantes…

Para refrescarte la memoria, permitime buscar la foto a la que me refiero en Instagram.

 

Y le remití la captura de pantalla. A la otra mañana, me respondió:

 

Diego,

Te lo aseguro de inmediato:

No era un robot.

Recuerdo muy bien la portada de ese libro; me impresionó muchísimo.

Sara Gallardo no es una figura popular en Francia, pero algunos nombres cruzan fronteras como susurros. No son omnipresentes; circulan en círculos más underground, más literarios, más sensibles. Y a veces, me llegan.

Lo que me impactó de Gallardo es precisamente lo que mencionaste: su capacidad de mirar la moda sin reducirla a la frivolidad. En Francia, tenemos esta tradición, desde Barthes hasta Baudelaire, de considerar a la ropa como un lenguaje, un sistema de signos, una forma de escritura social. Así que ver que en Argentina, una mujer como ella, conectada con un gran pensador, hubiera abordado este tema con inteligencia y desapego, me conmovió profundamente.

La moda nunca es superficial.

Es un síntoma.

Y una mujer que elige analizar un "tema superficial" dentro de un entorno intelectual serio siempre está haciendo una declaración política.

En cuanto a París en Los galgos… verás, las ciudades tienen una memoria cíclica. Algunas historias transcurren en París sin ser francesas. París es un escenario mental tanto como un lugar físico. No me sorprende que esta novela se desarrolle allí, al menos en parte. París atrae a quienes se encuentran en un estado de desplazamiento interior.

Me preguntas sobre mi relación con la literatura.

Es fundamental.

Antes de la música, antes de la moda, estaban las palabras. Mi tío, compositor, me inculcó el amor por la lectura, por elegir la palabra perfecta. Para mí, el texto nunca es un mero soporte de una melodía: es el núcleo. Parto de la frase antes que de la nota.

No me considero "una de las poetas francesas contemporáneas más relevantes", pero lo tomo como un gran cumplido. Lo que busco es precisión. Una tensión poética que no busque seducir, sino revelar. Para mí, la literatura es un espacio para respirar a fuego lento.

La canción es una condensación.

Y quizás ese like en 2020 no fue más que una discreta señal de reconocimiento. Una forma de decir: Veo lo que tienes en tus manos.

 

Mi corazón bailó de alegría, y fui presa de un pulso trepidante.

 

Un reconocimiento discreto, casi silencioso, diría yo; ya sabés lo que eso significa para un artista… es muy conmovedor.

En cuanto a Gallardo, es otra figura que no puedo evitar asociar con vos, con tu trayectoria. Esta idea de “la donna è mobile” (la mujer móvil, inconstante, voluble) se relaciona directamente con lo que comentabas sobre la influencia de Bowie en tu concepción de la identidad, y por supuesto con el existencialismo de Sartre (la existencia precede a la esencia) y la teoría deleuziana (el devenir permanente)…

Además, ella es de Buenos Aires: la París de Latinoamérica, y vos sos de Beirut: la París de Oriente Medio.

Pero lo que más las une es esta idea de desplazamiento sin desarraigo, este viaje (ya sea mental o físico, porque lo mental no es menos real) “avec des racines”… Esto dice mucho de tu producción musical, de los íconos occidentales que has traducido al árabe, del EP de 2024, Orientée. ¿Te gustaría añadir algo sobre el tema? Capaz deberías profundizar un poco más en este proyecto…

Una breve digresión: también te gustó otra publicación de Facebook con una traducción mía de la letra de “My Little Eleven”, la canción casi secreta que Maurice Dantec compuso para la banda sonora de su novela Artefact… Sabemos que, en la obra de Dantec, las raíces, en contraste con el desarraigo que Houellebecq exhibe (en sus declaraciones) con tanta gala, constituyen un concepto fundamental.

 

Michel Houellebecq, en un programa de radio, con su característica veta provocadora ha llegado a asumir que Francia para él no es más que un hotel, que no vota porque no se siente ciudadano ni tampoco aspira a trocar en uno. Por su lado, Maurice Dantec alrededor de los cincuenta años emigró a Canadá; solía autodefinirse como “escritor norteamericano de lengua francesa”. La última estrofa de mi traducción de la canción recién invocada reza:

 

Mi pequeño once, mi pequeño once, mi pequeño once

Salvame, salvame de mí mismo

Mi pequeño once

Como si fuera el lugar más peligroso

Mi pequeño once

Mi pequeño once

He aprendido a leer y escuchar el rastro

De tu amor en el silencio.

 

Ahora Yara.

 

Hola Diego,

Hablas de “desplazarse sin desarraigarse”.

Exactamente.

Nunca he vivido el viaje como una vía de escape.

Lo he vivido como una extensión.

Beirut es llamada “la París de Oriente Medio”. Buenos Aires, “la París de Latinoamérica”. Son ciudades espejo. Ciudades heridas pero elegantes.

Me gusta la idea de una persona desplazada que echa raíces en otro lugar.

Puedes vivir en París y llevar Beirut dentro de ti.

Puedes escribir en francés y soñar en árabe.

Puedes traducir a Bowie o a Lennon sin traicionarlos, porque no los estás imitando, estás de paso entre ellos.

El EP Orientée nació de esta idea.

¿Oriental?

No, orientée (orientado).

Y el matiz es crucial… Como una brújula íntima. Una dirección deliberada.

Durante mucho tiempo, escribí en francés, colaboré con figuras del rock anglosajón y me moví en esos círculos. Entonces sentí la necesidad opuesta: traer estos íconos de vuelta a mi lengua materna. No para "orientalizarlos", sino para que resonaran de forma diferente.

Traducir no se trata de mover palabras.

Se trata de cambiar el centro de gravedad.

Cuando canto a Bowie o a Lennon en árabe libanés, no estoy haciendo un ejercicio estético. Estoy construyendo un puente. Estoy abriendo una posibilidad. Estoy diciendo: estas fracturas no son exclusivamente occidentales. Este vértigo no pertenece a ninguna lengua.

Quizás ahí es donde resuena Dantec.

Las raíces no son un refugio. Son una tensión.

Houellebecq habla del desarraigo como un síntoma moderno. Dantec, en cambio, busca el eje. Creo que uno puede viajar sin perder el propio eje. La identidad no es fija ni disuelta: está en constante movimiento: un devenir, sí, pero un devenir habitado.

Bowie cambió de piel sin perder jamás su identidad.

Gallardo habló de la mujer móvil.

Creo que la movilidad no es inconstancia. Es capacidad de transformación.

No me siento exiliada ni establecida.

Me siento en movimiento.

Y quizás todo mi trabajo sea simplemente un intento de demostrar que se puede recorrer el mundo sin perder la propia identidad.

Las raíces no son cadenas… ¡te dan alas!






 

Mucho antes indiqué que esta nota comenzó a armarse el sábado siete de marzo de 2026; hoy, martes diez, aquí estamos. Los problemas son detalles que provienen de la traducción. El significante ombre (sombra) francés, por ejemplo, en algunos fragmentos parece más ligado a la “oscuridad”, las “tinieblas” o inclusive el “abismo” español que a la propia sombra. Y lo mismo sucede con mover/desplazarse: el mobile italiano, en su versión francesa, deviene en “inconstante” o “voluble”, una palabras más cercana a un adjetivo conductual que al mencionado acto de movimiento; he procurado guardar un relativo equilibrio entre la lengua adquirida de Yara y la costumbre, en términos filológicos, del lector nacional. De esa brecha semiótica surgen varios de los equívocos que vislumbrarán en lo que aún queda de esta –desde mi punto de vista magnífica, estimulante, fabulosa– conversación.   

 

Buen día, Yara…

Tu respuesta es muy interesante. Traducir el italiano "mobile" por "inconstante", al menos en el caso de Gallardo, me parece discutible. Tras la muerte de Murena, su segundo marido, dejó de escribir; o mejor dicho, se hundió en una profunda depresión, incapaz de hacerlo en absoluto; en otras palabras, perdió la voz. Fue su colapso nervioso, una especie de crisis fitzgeraldiana. Su genio también era inconstante, como dijo una vez Hemingway de su amigo. No digo que sea tu caso, no me malinterpretes. Seguimos…

Tu primera actuación en Beirut fue en septiembre de 2025 (si no me equivoco)… ¿Podrías contarme un poco sobre esa experiencia y por qué tardaste tanto en ir a tocar a tu país natal?

¿Cómo llegaste? ¿Dónde fue el concierto? ¿Te reencontraste con familiares o amigos de la infancia que hacía tiempo que no veías? ¿Qué canciones interpretaste? Tenés el espacio para inmiscuirte en todas las minucias que te plazcan, hablar de cualquier cosa que se te ocurra…

 

A esta altura, yo ya solo quería aferrarme a la idea de seguir leyéndola en un contexto de intimidad. Era evidente.

 

Hola Diego,

Sí, así es.

Septiembre de 2025.

Mi primera vez en un escenario en Beirut.

Puede que pienses que es tarde.

Pero algunas ciudades no son fáciles de volver a visitar.

Me fui de Beirut a los dieciocho. He vuelto mil veces, en pensamientos, en canciones, en fragmentos de frases. Pero cantar allí era algo más. No era un concierto. Era un encuentro cara a cara.

El concierto tuvo lugar en el Metro Al Madina. Un espacio vibrante, habitado, casi teatral. No era un recinto grande ni espectacular, y me alegro de ello. No quería una entrada triunfal. Quería un encuentro. Casi romántico.

¿Por qué tardé tanto?

Porque tenía que estar preparada.

Porque uno no vuelve a cantar ante sus fantasmas sin haber domado sus voces.

Había rostros en la sala que no había visto desde la infancia. Ojos que me conocieron antes de que me convirtiera en artista. Seres queridos, recuerdos, silencios. Reencontrarme con amigos de la infancia fue sobrecogedor. Conocieron a la niña. No a la cantante.

Canté “Yamama”.

Canté fragmentos escritos "bel ghorbé", lejos de mi tierra natal.

Canté Bowie en árabe.

Y creo que, esa noche, cantaba sobre todo para la niña que una vez fui.

Hubo un momento en que se me hizo un nudo en la garganta. En lo más profundo.

Cantar sobre el Líbano en el Líbano no es lo mismo que cantarlo en otro lugar. Las palabras ya no tienen el mismo margen de seguridad.

No fue un regreso.

Fue una reconciliación.

 

De súbito, una discutible ocurrencia inundó mi mente:

 

Tengo otra pregunta para vos antes de que se me olvide: en una entrevista, palabras más, palabras menos, te escuché decir, quizás por modestia: “Ojalá me escuchara más gente”.

Creo que a todos nos gustaría lo mismo, pero, para llevarlo a mi terreno, creo que también todos preferiríamos ser un Joyce, un Proust o un Beckett que John Grisham, y es bien sabido que aquellos tres tienen muchísimos menos lectores (de hecho, se los acusa de haberle hurtado el gran público a la novela) que este último.

Es decir, conozco a muchas cantantes argentinas (que no tienen más de treinta y cinco años) con millones de seguidores en redes sociales, millones de reproducciones en Spotify y YouTube… pero estoy seguro de que no son ni remotamente capaces de mantener un diálogo musical con figuras de la talla de Lennon, Bowie o Iggy Pop, y ni siquiera de colaborar con músicos como Chico César o Gabriel Yared.

En la era de la democratización del gusto, en la era de los supermercados con las góndolas a la altura del suelo, ¿creés que una distribución limitada, reducida a lo que Stendhal denominó los “happy few”, puede intensificar el capital simbólico de un intérprete o un autor?

 

No pasé por alto que Lennon, Bowie e Iggy hicieron saltar la banca, son los inventores del género popular, por eso hablé de una nueva era en la que los precursores de ese mismo concepto han sido absorbidos por los nichos de oyentes más experimentales, exigentes y de vanguardia. En Latinoamérica, por caso, el folclore ha perdido terreno en detrimento del reguetón​:

 

Sí, me gustaría que más gente me escuchara.

No por afán de popularidad.

Sino porque toda obra aspira a circular.

No creo que la escasez garantice profundidad, ni que la popularidad la niegue. Creo que el tiempo es el único juez verdadero.

Pero hay algo que rara vez se comenta:

Desde el principio, he construido mi carrera de forma casi artesanal.

Sin una gran máquina detrás.

Con mi pluma, mi voz, mis diez dedos.

Los encuentros con estos grandes artistas no surgieron de una estrategia industrial. Surgieron de la coherencia, de una energía directa. De un diálogo humano antes que profesional.

Soy una artista DIY.

Y eso implica un crecimiento más lento, más orgánico.

No me quejo de esta lentitud. Me ha protegido. Me ha permitido elegir. Pero está claro que la difusión de una obra también depende de las estructuras que la sustentan.

Si algún día la intensidad artística alcanza un nivel equivalente de difusión, la expansión será natural. Amplificada, no fabricada.

Mientras tanto, busco resonancia.

Densidad.

La posibilidad de diálogo.

Se puede tener millones de oyentes y ninguna profundidad.

Se puede tener un círculo más pequeño y una verdadera vibración.

No sueño con ser un producto raro, excepcional, tal como se lo concibe en el mundo de la alta moda.

Sueño con ser escuchada profundamente.

Y si algún día llegan los números, que lleguen como consecuencia, no como un objetivo.

 

Mi primera reacción fue un mecanismo de defensa:

 

Cuando al principio te dije que cumplías con todos los requisitos para ser considerada una artista de culto, pensaba específicamente en el tiempo. No sé si algún día, aunque sea relativo (¿comparado con quién?), te convertirás en una best-seller –y, por tu bien, espero que así sea–, pero estoy seguro de que el tiempo te convertirá en una inmensa long-seller.

 

Por esos días retomé contacto con una joven amante brasilera de nombre Giovana y volví a escuchar una lista que la misma había diseñado específicamente para que yo me instruyera en los grandes hits del país vecino. Quedé prendado del clásico carioca de Lô Borges que se titula "Um Girassol da Cor do Seu Cabelo".

Sin aguardar la respuesta a la observación precedente, de inmediato compartí el enlace con Yara, preguntándole si lo conocía. Me respondió que lo estaba descubriendo en ese preciso instante. Le pareció una maravilla; aproveché para desviar la charla:

 

Brasil, entonces. Colaboraste con Chico César, y vi una sesión de fotos espléndida en San Pablo en la que salís con una capota azul enorme… ¿Podés contarme sobre tu relación con ese país?

Y te pido disculpas de antemano por mi francés rudimentario; aun con el traductor, sé que cometo errores muy graves.






 

En el marco de aquel predictivo crepúsculo una lágrima estuvo a nada de brotar de mis ojos cansados, mis pupilas lejanas; escucharlo con detenimiento es una experiencia colosal. Y, ya que nos hemos detenido en los retratos de portada, ese taciturno niño con las zapatillas gastadas…

 

Buenas noches, Diego.

Antes que nada, por favor, deja de disculparte por tu francés.

Tiene una fragilidad encantadora, y la fragilidad me resulta familiar.

Imagino que con esta última respuesta, esta larga entrevista está llegando a su fin.

Mucho trabajo por aquí.

Entiendo lo que dices sobre el "long-seller".

Y creo que es el destino más hermoso.

El best-seller pertenece al momento. El long-seller pertenece al tiempo.

No sé si me convertiré en uno u otro. Pero sé que estoy construyendo a largo plazo. Nunca he concebido una canción para el algoritmo. Las he concebido para que sobrevivan a mis propias estaciones.

Si un día el tiempo decide retenerme, será el mayor reconocimiento.

Yara = nombre brasileño = hija de la luna…

Mi historia con Latinoamérica comenzó incluso antes de nacer…

Mi encuentro con Chico César fue completamente natural… Posee una nobleza popular, una poesía profundamente arraigada, una dulzura comprometida. Canta al mundo sin juzgarlo, pero sin edulcorarlo jamás.

Nuestra colaboración en Brasil no fue exótica.

Fue orgánica.

Brasil es un país que entiende la melancolía sin dejar de bailar. Y eso me llega profundamente. Hay una capacidad allí para transformar el dolor en ritmo, la lucha en luz.

Esa gran capota azul que mencionaste… Recuerdo esa sesión. Había algo infantil en esa imagen. Una libertad casi adolescente. Quizás porque Brasil me da eso: una sensación de impulso, de movimiento, de calidez humana.

Líbano es un recuerdo.

París es una estructura.

Brasil es un aliento.

Con Chico, no había poses ni estrategia. Solo un diálogo musical. Confianza. Una conexión palpable.

Creo que los países me eligen tanto como yo a ellos.

Y quizás, como dices del tiempo, algunos encuentros no están destinados a encenderse de inmediato. Están destinados a perdurar.

Si tuviera que ser algo, me gustaría ser eso: una presencia duradera.

Una brasa, más que un fuego artificial.

Mi colaboración con Chico comenzó con el tema "Tenho Saudade De Você", y luego vino “L' Amor c'est la Vie”.

 

Jorge Luis Borges conceptualiza el azar no como la ausencia de orden, sino como nuestra ignorancia ante una causalidad compleja y predeterminada. Para el sumo pontífice de la literatura universal del siglo XX, lo que parece fortuito es a menudo parte de un mecanismo oculto o un destino ineludible, donde el futuro está tan establecido como el pasado.

 

Buen día, Yara.

Una amiga me describió una vez como "el hombre que se disculpa por todo"... Eso me quedó grabado, y creo que he madurado con el tiempo. Pero ahora, una vez más, tengo que pedirte disculpas por haber extendido tanto la entrevista. Solo espero que, aunque el intercambio de mensajes haya terminado, este enriquecedor diálogo continúe, como una brasa, como acertadamente lo expresaste vos en esa perenne búsqueda de la palabra justa, precisa, perfecta...

¡La luna! La luna, creo, es una fuerza femenina de belleza cautivadora. Sos muy lunar, es cierto, pero esa forma de "olvidar" tu condición de mujer al escribir también te acerca a Sara Gallardo. No es que no se note en tus textos, pero hay un deseo de trascenderla, un poco como en Virginia Woolf. Basta con mirar tus traducciones y colaboraciones: siempre hombres, a veces drag queens, a veces afeminados, pero hombres al fin y al cabo... Me parece que la cuestión del género en tu obra es un gran malentendido, una maravillosa inversión de roles.

"Tenho Saudade De Você" me parece una de tus canciones más hermosas. He escuchado todos los géneros musicales (¡de nuevo los géneros!) que has explorado, y tenés una voz magnífica para la bossa nova; casan excelentemente.

Por último, mencionaste Latinoamérica, Argentina: ¿la conocés? ¿Has estado en contacto con algún músico de aquí? Además de esta colaboración literaria, ¿tenés alguna otra colaboración musical en marcha? ¿Te gustaría venir a tocar? No es chauvinismo, solo ganas de asistir a uno de tus conciertos.

Y nos despedimos, con la certeza de que esta conexión, más allá de su naturalidad y familiaridad, aún no ha cobrado su forma definitiva.

Besos, Yara. En Argentina no hace falta mucha confianza para mandar besos; acá todo son besos, besos de aquí, besos de allá. Besos…


 





Y todavía ni siquiera fue el último mensaje:

 

Diego,

Muchas gracias por estos intercambios. Fueron tan inesperados como enriquecedores. No dudes en enviarme el artículo cuando se publique; ¡será mi primero en Argentina!

Conozco un poco tu maravilloso país: viajé hace unos diez años, pero en un contexto muy diferente, relacionado con el trabajo de mi esposo. Espero que algún día la música me lleve de vuelta.

Quizás nos vemos pronto.

¡Beijos!

PD: Acabo de terminar de grabar un nuevo álbum. Muy diferente, una vez más; creo que no sé hacer otra cosa que patear el tablero. Están surgiendo temas más personales. Quizás para hablarlos en otra conversación, algún día.

 

Le pedí imágenes personales para la crónica, y son las que ustedes, imagino, están viendo ahora. El crédito es del fotógrafo venezolano Alfredo Piola. Nuestro chat abundó en emojis y demás guiños, sería muy complicado abarcarlos en un mero ejercicio literario como este. Hoy, antes de colocar la frutilla sobre el postre, le pregunté si –dado su consabido interés– le gustaría agregar algo relacionado al conflicto que se ha desatado en Oriente Medio, que en francés se dice Proche (cercano) Orient.

 

Buenas noches, Diego.

Este es, sin duda, un tema que me conmueve profundamente, como a cualquiera que lleve esta región del mundo en su interior.

En una de mis primeras obras, ya reflexioné sobre ello: “Eres mi Oriente más cercano”.

Mantengo la cautela cuando me piden que comente sobre un conflicto tan complejo en el contexto de una entrevista artística.

Lo que sí puedo decir es muy simple: para mí, la humanidad siempre es lo primero.

Habiendo crecido en el Líbano, sé lo que significa vivir con el recuerdo de la guerra. A veces, sueño con tomar ese país y desplazarlo en el mapa, colocarlo en otro lugar, lejos de lo que lo hiere…

Y quizás mi mayor deseo sería ver, algún día en mi vida, a un niño israelí, un niño palestino y un niño libanés no solo crecer juntos en paz, sino, sobre todo, crecer con los mismos derechos.

No sé si este sueño es realista. Pero a veces el papel de los artistas es simplemente recordarnos que la utopía es una forma de esperanza.

Así que, quizás… bienvenidos a Utopía.

 

Eduardo Galeano nunca ha sido santo de mi devoción, pero el ferviente anhelo pacifista de Yara me hizo pensar en eso que el autor uruguayo solía decir con respecto a la utopía. La utopía es eso que se nos escapa, decía. Damos un paso en su dirección, y se nos escapa un paso; damos dos, pues entonces se nos escapa dos pasos. Pero al menos sirve para encauzar nuestro camino. Gracias a ella podemos orientarnos.

 

Orientée!

 

Le grité a la distancia; intentaba de ese modo jugar con la palabra inscripta en el rótulo de su EP de 2024. Y, de una buena vez por todas, estamos listos para que ella dibuje el improbable punto final de este coloquio infinito:

 

Tengo muchas ganas de leer el artículo entero... Es la primera vez que me hacen una entrevista tan larga... ¡por WhatsApp, nada menos!

¡Nos vemos pronto!

 
 
 

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