PORNOEGRAFÍA
Actualizado: 10 oct
Por Diego Fernández Pais
Todas las mejores chicas tienen a alguien.
Pero no todas son felices.

No creo que te hayas imaginado que algún día iba a escribir sobre vos. Ni siquiera te debés haber imaginado que un día yo iba a volver a escribir. La última vez que nos vimos estaba terriblemente enganchado a la merca, y me vaticinaste una muerte temprana. Te podés ir relajando: no voy a desenterrarlo todo; eso me lo guardo para otra ocasión. Y tampoco voy (o apenas) a desenterrarte a vos. Para mí, todo comienza acá. Dejame que te lo cuente.
En una oportunidad declaré que yo soy el objeto de estudio de mi literatura, de suerte que esta serie de ensayos habla menos sobre otros y su obra que sobre mí y la mía; quizá esa sea la razón por la que nadie se ha mostrado interesado en publicarla. Pero esto suena a falsa modestia: sabés bien cuál es el motivo por el que casi toda Argentina se niega a prestarle atención, Diego, y a medida que avanzás, cada vez queda más claro que hoy en día existen pocas personalidades –si es que hay alguna– más magnéticas para el mundo del privilegio meritocrático que vos. Soy un secreto a gritos, el monarca en las sombras, el juez del buen gusto de la estética artística de nuestra época.
Hablé en “Casi raghi” sobre el 2015 y abandoné el relato una semana después de la próspera presentación de País, que tuvo lugar el diez de octubre. Me hicieron un par de entrevistas en las que se me fue la mano: mis respuestas de pijo resultaron demasiado cool for the school primaria en que se ha convertido la literatura en español –Cervantes y Quevedo se revuelven en sus respectivas tumbas. En diciembre me subieron al primer puesto de un podio compartido con Ricardo Piglia e Ian McEwan, quienes optaron por títulos especialmente direccionados a mi precoz –aunque un tanto velada– consagración interplanetaria, y entonces comenzó el delirio.
Se me fue la lancha, diría un poeta posmoderno. Me subí a la moto y aceleré a tope: la cagué, la jodí, dejé que se me disparara el ego, no supe controlarme, no miré hacia el futuro y… me estrellé. Scott Fitzgerald dice que los autores estamos condenados a la repetición: vivimos dos o tres grandes y conmovedoras experiencias en nuestras vidas, y entonces aprendemos nuestro oficio, más o menos bien, contando nuestras dos o tres historias cada vez bajo un nuevo disfraz, quizás diez veces, quizás cien, hasta que alguien se digne a escucharnos. No sé si es porque ha pasado un siglo, porque soy más sensible y perceptivo o porque me ha tocado en suerte un mejor destino que a él, pero a mis treinta y nueve años ya cuento con bastante más que dos o tres historias sobre las cuales practicar variaciones y labrar elegantes vestidos novelísticos; sin embargo, este no sería el caso: algo ya he escrito sobre mi primer contundente brote psicótico. Por tal razón, no ahondaré en exceso.
Avanzo y retrocedo, avanzo y retrocedo, pero juro que tan solo estoy tomando envión. Segunda mitad del 2014: solo, perdido, stray, un doctor de nombre Raimundo Juan Muscellini, DFP in partibus infidelium, como escribió hace poco Mariano Dupont sobre Luis Thonis. Entonces aparece un fan, un lector, ex compañero de la facultad, psicólogo, se me acerca, me llama, me busca, y me dice yo te voy a dar lo que necesitás: Europa en plena Córdoba Capital. Salidas de lunes a domingo a un antro llamado El Buen Dios. Rápida transición de la ketamina a la coca. Él se enamora (¿otra erotomanía, Diego? ¿De verdad?), pero como intuye que no tiene ninguna chance, en diciembre me presenta, me entrega a la prima: una gringa de ojos turquesa estilo poupée a la cual le pinta el sadomasoquismo –estrangulamiento, castigos en la cara y el cuerpo con la hebilla de un cinturón, tortura de senos. Esa relación se extiende hasta mayo, junio del 2015.
En marzo ya había empezado a dar un taller literario en la Biblioteca Córdoba; el número de asistentes –considerable desde el principio– no dejó nunca de aumentar y hacia fin de año llegamos a ser alrededor de veinte miembros; las vacas gordas habían retornado a mi vida, y la dinámica se repetía: nos volvimos un grupo muy unido, nos juntábamos a almorzar casi todos los fines de semana y a intervalos algún compañero o alguna compañera me presentaba a una amiga. Yo no les daba bola; venían a mi departamento y me drogaba al frente de ellas sin consultarles si les molestaba. Era consciente de que se trataba de una forma de espantarlas, pero (para ser sincero) me importaba tres carajos; lo único que tenía en la cabeza era la aparición de mi deuxième roman.
Aparte de la pendeja colorada y tetona, salí (brevemente) con una chica de pelo rizado que no se había mostrado particularmente interesada en mí antes de que publicara el libro, y me trató como un rey. Para Navidad se desató la histeria y, con mal tino, se me ocurrió celebrar el Año Nuevo con unos amigos que no veía desde hacía mucho tiempo y tomar lo que encontrase. Resultado: todo enero del 2016 paranoico, convencido de que el rencor y cierta agresividad percibida en las personas que me rodeaban –por el hecho de haber realizado lo que deseaba– acarrearían una vendetta y consecuencias trágicas y dolorosas sobre mi cuerpo.
Seguro de que estaba en lo cierto –un periodista que reseñó la novela había resaltado una línea que enuncia que "Argentina en realidad no es un país con nombre de nena, sino un infierno con nombre de paraíso"–, cada vez aspiraba más droga para evadirme de mis tan novedosas como peligrosas circunstancias, mientras el terror crecía exponencialmente. Cuando mis padres volvieron de vacaciones les comenté la situación y, antes de conseguirme un turno con él, se entrevistaron por su parte con el psiquiatra mencionado, que ya me había atendido en 2014 y era de su plena confianza. En febrero largué con la risperidona, le agarré miedo a la literatura (por aquellos días descubrí Fear of Music de los Talking Heads) y a la blanca y por primera vez me quedé rígido en términos motrices. La condenada oscilación entre la grandiosidad y la miserabilidad de la que hablaba Blas Pascal.
Así que me recluí y aislé por completo, no quería cruzarme a ninguna persona de mi red de contactos; guardo un recuerdo borroso de haber intentado leer una novela de Murakami que no pude terminar, ya que resultaba previsible y soporíferamente lastimosa. Poco y nada más hice hasta el día de mi cumpleaños número veintinueve, cuando me vino a visitar un amigo que se acababa de mudar al barrio y me trajo la albricia de las apps de citas. Son el summum de la promiscuidad neoburguesa, me dio a entender. Es un garchadero bárbaro. En esa época, a diferencia de lo que sucede en el presente, nadie buscaba allí pareja; eran pura y simplemente para coger. Entrabas, te divertías un suspiro, y vuelta a la normalidad; nada de quedarse por una década a esperar el match perfecto. (Todavía la virtualidad no monopolizaba el negocio afectivo.) A Xixi, una de las protagonistas de País, ya la había oído referirse a la tesis de una doctoranda en torno al enfoque comunicativo en Tinder, pero ahora la flamante reina indiscutida era Happn, que te ofrecía la góndola de cuerpos con la que te cruzabas por la calle. De ese modo, tras algunos chascos y un par de polvos para el olvido, conocí a Lourdes.
Yo aún no me sentía muy preparado para salir de noche; me costaba horrores. La invité un domingo a merendar. Cuando me preguntó a qué me dedicaba, viendo mi edad y el total desconocimiento que mostraban la mayoría de las mujeres con las que había salido hasta el momento, le respondí que litigaba –una burda mentira. Sin embargo, a la larga tuve que contarle sobre mi condición de hombre de letras, y se dispuso a mirarme de abajo hacia arriba. Mi sueño siempre fue (desde chiquita) ser escritora, me dijo. Camino al auto atiné a darle un beso que se prolongó por cinco minutos. Era menuda, muy flaca y fibrosa, de la categoría tiny petite.
Paseamos por la costanera y me habló de Santiago y el catolicismo de su familia. Por la condición norteña de mi madre, no me costó mucho hacerme una idea de la geografía mental que describía. Sin embargo, el mejor sexo experimentado ha sido siempre con chicas de educación cristiana y hasta ultramontana; como estudiante de Arquitectura, ella había accedido a la amistad de varios compañeros gays que la habían incitado a probar –luego de un período razonable de soltería– nuevas experiencias. De hecho, me comentó, eran los responsables de su incursión en el mercado lascivo de la aplicación. Estacionamos en la Ciudad Universitaria y nos seguimos besando y tocando. Portaba un jersey cuello de tortuga en color albaricoque y jeans desgastados con un tajo en la rodilla izquierda. Se hicieron las nueve de la noche, la cita iba de maravillas y ella, pese a que el lunes asistiría a clases, se mostraba deseosa de extender la charla. A mí entre merienda y cena me pareció demasiado, y juzgué conveniente cortarle el mambo y quedarme (¿dejarla?) con las ganas. Además, se hacía de noche y j'étais sur le point de convertirme en calabaza. Aceptó –si bien disimuladamente– con mala onda y en pocos minutos ya estábamos en la puerta de su edificio, que quedaba apenas a tres cuadras del mío. Percibí cierta comodidad y una cuestión de piel que, con los correspondientes recaudos, tendían a transformar de a poco mis primigenias intenciones carnales en otra cosa.
Esa semana sus respuestas a mis mensajes de texto fueron distantes y reservadas y esquivas. Insistí, y el domingo siguiente vino a casa y preparó un lemon pie con delicioso merengue. Daba ternura verla acomodarse los lentes con el antebrazo por tener las manos cubiertas de harina seca. Era una provinciana de veinticuatro años infinitamente cándida, inocente, crédula, incauta, naïve. Nos desnudamos en la cama. Estaba indispuesta y en esas condiciones no le sentaba bien el sexo. Recién debutamos como amantes el otro fin de semana. La fui a buscar a pata y al volver a mi departamento de la calle Obispo Oro, ni bien cerramos la puerta nos desvestimos a las apuradas y la usé en el sillón del living sin preservativo. Creo que, por la excitación, ni se enteró. Su culo era un durazno; no pude aguantar: eyaculé adentro. Acudimos de toque a la farmacia y compramos la pastilla del día después. Se quedó a pasar la noche conmigo. Debemos haber cogido otra vez antes de dormir, y dos más por la mañana. Le inventé que debía hacer con urgencia unos trámites porque no me soltaba. A fuerza de repetidos encuentros románticos como aquel, en menos de dos semanas Lourdes se coló hasta el fondo de mi rutina.
Había recuperado el humor, el optimismo, la posición como sujeto frente a mi propia existencia, y las ganas de tomar –tema del que hasta entonces nunca habíamos hablado. Un miércoles el reloj daba las once y media en el preciso instante en que apareció y yo le bajé de una los pantalones, sin dejar que ni siquiera se sacara la mochila, para beber el tibio néctar de los labios donde roza la bambula. Ronroneaba de placer y me suplicó que la penetrara. Me agarró del pelo –a la sazón largo– y me besó con pasión. Sus ojos cerrados apuntaban al cielorraso cuando, de súbito, pegó un respingo, me quitó de encima y preguntó por qué tenía la boca anestesiada: “¿Qué es? Decime qué es…”, insistía. Me hice el boludo por un tiempo breve, hasta que, ante su tozudez, no me quedó otra alternativa que confesarle que había consumido cocaína. Se desprendió del edredón, agarró su mochila y dijo me voy. La retuve in extremis con la lucidez que a veces proporcionan los estupefacientes, decidido a manipularla:
–Dale, quedate –dije con suavidad–. Te juro que no pasa nada, vos me contaste que probaste el ácido, no es tan diferente…
–… pero nunca conocí a nadie que tomara cocaína, no me gusta, no me cierra, es muy peligroso… Posta te digo, me voy.
–Pero ¿por qué tanto escándalo? –pregunté, preparando el ataque–. No sos una nena. Acordate de cuando nos conocimos, a los diez minutos ya me habías dicho que saliste con otro tipo ese mismo fin de semana… No te luce la pacatería.
En pocas veladas el vínculo había cobrado la forma de un casi algo, y Luli acusó recibo del golpe. Le dolió el comentario; se sintió lastimada. Bajó levemente la mirada y detuvo la marcha.
–¿Tomás siempre? ¿Habías consumido las otras veces que nos juntamos?
–No –le contesté–, solamente lo hago cada tanto, y para el sexo es lo máximo…
La agarré de las caderas (aún no se había prendido el pantalón) y metí con delicadeza los dedos dentro de su bombacha.
–Si te anestesió los labios de la boca, imaginate lo que sería que te cubra de nieve los de la vagina –agregué.
Después efectivamente lo hice, y fue uno de los mejores coitos de nuestra duradera historia.
Esta escena busca retratar una relación dominada hasta el último minuto por el alto voltaje erótico. Sin acusar a Luli de complicidad, daría la sensación de que finalmente descubrió algún beneficio en la repetición, que despuntaba al ritmo de interminables madrugadas orgiásticas. Mientras tanto, el toxi-taxi peruano dale que viene y va.
Acabado el otoño, al bajar la leche y distendernos un poco, como ella no leía mucho y yo había perdido bastante la costumbre (fue otro año de rockstar pero, excepto por mi participación en la Feria del Libro, al margen de la literatura y la fama cultural), se nos ocurrió compartir nuestra manía cinematográfica; aún se conseguían los DVDs y una vuelta, por consejo de sus compañeros de facultad, cayó al nido de amor con Love de Gaspar Noé. Así descubrí la materia prima que hoy sirve como excusa para pintar el cuadro que yo, desde mi humilde posición, capté de los años locos del siglo XXI en este tercer capítulo de mi tratado –en marcha– sobre arte producido en Francia.
¡Qué porquería los títulos que vengo eligiendo! Sin embargo, pienso que todos estos neologismos son (joyceanamente hablando) parte del asunto; le pregunté a Carlota si quería más, y quedó afuera el morfema “raghi”. Desde El neorromanticismo en adelante –a las claras por el capítulo de Plaza Francia el día del velorio de Néstor Kirchner, con Diego Goldman y Adrián Dárgelos como personajes centrales, capítulo del cual también surgió hasta cierto punto lo de “oro”– se me ha asociado inevitablemente con todos los “rian” (Mariano Dupont, Adrián Payton), “Ryan” (el Ryan O’Neal de Barry Lyndon), “Ray” (por caso, el Man Ray del ensayo de Luis Thonis en Cuarta Prosa y el ray de William Makepeace Thackeray), “Richards” (Tomás Victoriano, ¡“The Rich Boy” de F. Scott Fitzgerald!) y “Ricardo/s” (Piglia, Forster, Fort, Güiraldes) del mundo. Además, las “mora/s” (el color morado, el “Lover”, el poeta enamorado, “Maroon”, Omar Hefling, Omar Genovese), los “neo/s” (propios del romanticismo: neorromanticismo, neoliberalismo, neognosticismo, Ryan O’Neal, Bret Easton Ellis, los eones, Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street y Diario de un rebelde, sencillamente el león, ¿Gaspar Noé?, ahora resulta que Camila Morrone, Leopoldo Lugones, los Rolling Stones), “iston” (Luis Thonis, de nuevo Bret Easton Ellis, de nuevo los Rolling Stones), “genio” (Eugenio Monjeau, Radio Eterogenia) y, sin agotar la lista, los “ante” (“Ante la pornografía de los ideales”, Maurice Georges Dantec, Dante Alighieri, otro “Lover”, el amante de fuego). Hay que saber ponerle un coto al delirio lingüístico, me conmina el terapeuta; lo haré en no más de tres párrafos.
Antes de ocuparnos de los ones y los lover (enamorado, amante), que son las moléculas filológicas que hoy nos competen, rápido análisis etimológico de las erres: “Ryan”, “Ray”, etc., y su conexión con “raghi”.
Primero lo segundo: “Ray”: origen germánico / francés antiguo. Nace como diminutivo de Raymond, del germánico Raginmund (“protector sabio”), o Reynold (Raginald, “gobernante sabio”). Raghi: el día posterior a la publicación de “Casi raghi”, al etiquetar a Charlotte en Instagram y pedirle que leyera bien la nota, recibí un like presque instantáneo de parte de una cuenta madrileña de un tal Jorge Reinaldo Ruiz Mariño. En inglés moderno adoptó un significado directo como sustantivo común, traduciéndose como “rayo de luz”. Y, Olivia Rodrigo lo sabe a la perfección, también en este idioma la fonética suena como “rey”. Otros derivados: Rainer o Reiner, de antiguos nombres germánicos como Raginhar. Rainer Maria Rilke. Rainier Louis Henri Maxence Bertrand Grimaldi, Rainiero III de Mónaco.
“Ryan”: origen principal irlandés. Proviene del apellido gaélico Ó Riain o Rían, y significa “pequeño rey” o “descendiente del rey”.
“Rain” de Madonna.
Cristo Rey.
Ante información de este tipo, no es raro que me haya interpelado un apellido como Noé y un título como Love. Su lanzamiento fue, por otro lado, concomitante con el de País; me ahorro la explicación y doy un acelerado salto evolutivo hasta dejar al lector ubicado frente a la pantalla.
De entrada, recomiendo –a pesar de que yo subestimé la trascendencia– ver el filme en tres dimensiones. Me lo advirtió mi profesora de francés: hablábamos sobre mis proyectos de escritura, y revelé la intención de aproximarme al cuarto largometraje del realizador franco-argentino. Ah, me dijo, yo la vi cuando se estrenó en Francia; el chiste es verla en 3D. La primera vez, una década atrás, no tenía la menor idea, y supongo que Lourdes tampoco. Y esta vez no conseguí por ningún lado (ni en Mercado Libre) los putos lentes de cartón con vidrios de celofán en color azul y rojo. Lo recomiendo porque –no me cuesta imaginarlo– lo amerita desde el comienzo. Según Lord Byron, uno comprende que ha madurado cuando la memoria predomina frente a los sueños. No recordaba, sin embargo, lo difícil que es sobrevivir a la secuencia inicial sin hacer el amor o masturbarse por lo menos tres tandas, como me sucedió ahora. Son poco más de cinco minutos de una sesión de satisfacción recíproca e hiperrealista; el cuadro es espectacular: Murphy (el second self de Gaspar Noé) acostado en el centro de una cama queen size dedeando el clítoris de Electra, mientras ella, de cara a la cámara, enguanta su verga en la mano derecha. Han sido enfoques como este los que hirieron, chocaron, lastimaron y escandalizaron la sensibilidad de esa mitad de Francia que paseó la voz por el cielo y presionó al Centro Nacional del Cine para que cambiara la calificación de “no apta para menores de dieciséis años” por “no apta para menores de dieciocho”. Es propio de un Estado islámico, retrucó Noé… Parafraseo: en el mainstream se ven armas de guerra, pero está prohibido un inofensivo órgano humano como el pito.
La otra pregunta que le hicieron al director es si le había costado mucho conseguir a un actor dispuesto a mostrar el pene durante media cinta. “En lo más mínimo”, respondió: “Todos mis amigos querían el papel; a los hombres les fascina mostrar el pene”. Y hablando de actores, Noé también declaró que siente predilección por los aficionados, por aquellas personas a las que les daría lo mismo aparecer o no en su película; el único profesional del trío protagónico es Karl Glusman… A Klara Kristin la descubrió en la noche parisina, y la descollante Aomi Muyock era la novia o exnovia –no me acuerdo con exactitud– de un amigo.
A los histéricos del spoiler alert, les aconsejo que abandonen aquí mismo el texto y se vayan a leer una novela de Agatha Christie. La trama de Love es lo menos importante y más sencillo de la experiencia. El indolente nepo baby asegura que prefiere a un enemigo antes que un falso amigo; lo último que me interesa es hacerme pana del pelado, pero tampoco lo voy a pelear al pedo: Love me gustó –me gusta– un montón (de lo contrario, no le dedicaría esta pseudocrítica). Cuenta la visceral historia de amor entre Murphy (Karl Glusman) y Electra (la modelo suiza Aomi Muyock), y cómo la desventurada intromisión de Omi (la también modelo, pero danesa, Klara Kristin) erosiona definitivamente su desbocado idilio. La progresión, aparte de estúpida, es inversa: de atrás para adelante, al estilo Betrayal de Harold Pinter y Memento.
Según varios portales, Love es el primer ejercicio del séptimo arte con sexo no simulado. Pero me parece un claim extremadamente reduccionista. ¿O acaso la pornografía no entra dentro de la restringida categoría de cine, tal como sucedía hasta Josefina Ludmer (en Argentina) con los best sellers y la literatura académica? Obras como Blue Movie (1969) de Andy Warhol ya contenían actos sexuales explícitos y reales hace décadas y circulaban por el circuito underground; y la pornografía es una rama de la industria cinematográfica. Negarle la condición de cine solo por su contenido o por un criterio estético elitista es un peligroso error conceptual. Sucede exactamente lo mismo con la literatura: un libro comercial o de autoayuda no es a priori inferior que otro, incluso aunque no camine como serio candidato al Premio Nobel o a una cátedra universitaria. The Nobel is a joke…
Todo porque el director se despega de la pornografía tradicional para fundar un nuevo género al que he dado en bautizar como pornoegrafía. Las abismales diferencias, afirma, consisten en que en Love las mujeres portan una mata de vello opaco en el pubis (demodé), los amantes se besan apasionadamente (como Luli y yo) y no exhiben cuerpos tatuados, con cirugías estéticas ni artificialmente esculturales o hipertrofiados (aun así, sería en vano ignorar el incuestionable atractivo effortless que dictan sus figuras y la gracia radical de sus movimientos lascivos). Marca, asimismo, distancia de las producciones hollywoodenses: en una entrevista declaró que no le entra en la cabeza que justo cuando los involucrados terminan de sacarse la ropa, el lente vire hacia el techo o la chimenea. Lo único que le recriminaría es que, en procura de un mayor realismo, debería haber incorporado más felaciones, ya que solo una vez Electra se arrodilla y le chupa la polla a Murphy –apoyado contra la pared de un lúgubre pasillo urbano– durante apenas siete segundos (los cronometré). Yo guardo videos de Lourdes tirándome la goma en primer plano a lo largo de una hora, prácticamente sin pausas para elongar la mandíbula.

Otra divergencia que subraya es la sentimentalidad. En Love, muy à la Fitzgerald, hay tres ocasiones de fiesta: la primera transcurre en una discoteca, donde Murphy y Electra se trenzan con Omi; los anfitriones de la segunda son la ex de Murphy y su nueva pareja, no tan atractivos como las estrellas, pero ambos con un claro perfil de líderes espirituales; y la locación de la tercera es la galería de arte de Noe (así, sin tilde para respetar la pronunciación que se le otorga en la ficción, encarnado por el mismísimo Gaspar Noé), exnovio y aún una especie de mecenas de Electra, que juega a las artes plásticas. Una vez más hagamos –como intimaba Deleuze– crecer la frase por el medio.
El pavor ante la ausencia del tono correspondiente al enunciado perfecto me ha paralizado y en paralelo ha aumentado el pánico frente a la deformación de los verdaderos desplazamientos narrativos. Sin embargo, al escribir uno devela el funcionamiento de los engranajes que sostienen al mundo y, a partir de lo que llevo redactado de este artefacto galo, salta a la vista que nada tiene que ver la Verdad con los hechos; lo esencial es ser fiel al espíritu de la obra. La segunda fiesta, entonces. En ella aparece, quizás, el único personaje con todas las letras que habla un inglés –el inglés es el idioma oficial de Love– propio de un extranjero, propio de la lengua dos de una extranjera. Murphy y la tercera conversan a un costado del salón, y Electra otea en silencio y con cara de culo.
–¿Qué es lo más lindo de la vida? –pregunta Murphy exaltado.
–¡El sexo!… –retruca la francesa.
–¡No! ¡El amor! El amor es lo más bello del mundo… Bueno, y después el sexo. ¡Nada supera al sexo con amor!…
El sexo sentimental… Numerosas han sido las enseñanzas que extrajimos con Lourdes a propósito de las posibilidades coreográficas de una pareja heterosexual en la cama, pero lo central fue profundizar en la ruptura de los prejuicios y barreras morales que usualmente delimitan el comportamiento más bajo, más animal, de dos personas que se guardan un inmenso cariño. Aprovechando la distracción de Electra, la ninfómana le susurra al oído a Murphy que lo espera en el baño y este, transcurrido casi un minuto, se enfila con menos dudas que deseo:
–¿Sabés guardar un secreto?
–Amo los secretos –asegura ella mientras se sube la pollera, se quita la tanga y toma asiento sobre su polla erecta.
Golpean la puerta; Electra golpea frenéticamente. Ellos escuchan, y sin embargo continúan. Continúan con lo suyo. Tras escupir el veneno, Murphy vuelve lo más rápido posible con Electra. De brazos cruzados, sin mirarlo a los ojos, ella lo reprende: “Subite la bragueta, la tenés abierta”. Murphy se vende solo con el gesto desesperado.
–¿Dónde estabas?
–En el baño –responde.
–Sí, ya lo sé, ya sé que estabas en el baño. Era yo la que golpeaba la puerta mientras escuchaba sus gemidos.
–Pero no, mi amor, te juro que no…
–De todos modos, yo te iba a contar que te fui infiel con Noe.
El infierno debe adoptar la estructura de una fiesta; al Diablo le encantan las historias que terminan realmente mal. Historias cuyo punto preliminar es la destrucción de toda la humanidad en el ser humano. Y las tres fiestas de Love, más acá o más allá, terminan realmente mal. Electra dispara hacia la calle y le hace señas a un taxi. Murphy corre de atrás y logra trabar la puerta con el brazo y colarse. En presencia de un chofer que brilla por su pasividad, el tono de la discusión se eleva, ambos se acaloran y Murphy la cachetea con violencia. (Debo asumir que por mucho menos, zarpado de merca, una noche yo hice lo mismo con Luli.) ¡Fracasada! ¡Sos una fracasada! ¡El único que te puede llegar a comprar un cuadro es Noe, y para follarte! Vocifera Murphy, cuya infidelidad, a esta altura, ya hemos olvidado por completo: otro punto a favor de Love es que se trata de una cinta pura y duramente machista. Y lo que sigue es lo esperado: el sexo furioso, el sexo fantasmático, el mejor de los sexos; el fin último de la totalidad de los cuernos que se le ponen a un ser amado.
De igual manera, resulta imposible detener la mente… maquinaciones. Al otro week-end se da vuelta la torta: Joyeux anniversaire, mon cher Noe ! Una justificada persecución habita la carne de Electra, que escrudiña frenéticamente el espacio.
–Conque esto es lo que te gusta, ¿no? Festejar con tus amiguitos burgueses –inquiere Murphy en tono amenazante.
Luego se quiebra del pedo, le rompe una botella de champagne en la cabeza a Noe, lo llevan en cana y se da una situación interesante. Murphy, estudiante norteamericano de cine en París, le enrostra al policía francés que le pinta los dedos:
–Ustedes son unos losers, no existen… La última vez que ganaron una guerra fue en 1918…
Porque, claro, en última instancia ese es el gran problema: Murphy es demasiado yanqui. Sus escasos amigos franceses se lo reprochan: “…tenés la propiedad privada incrustada en el entrecejo. No sos el dueño de Electra. Vayan a un club de swingers. La gente es muy respetuosa. Dejala que se divierta, que haga lo que quiera”. Oui, la France est en train de glisser vers un communisme mou, declaró en agosto Franz-Olivier Giesbert. A la postre Murphy accede, pero –se sabe– “sexo en grupo y rencor ciego individual”.
La revolución en mangas de camisa.
Hay una confusa pirueta argumental (confusa tal vez porque Noé decidió filmar sin guion, solo con algunas postas a través de las cuales debía circular el giro discursivo de la intelectualmente austera producción) que los conduce del club swinger a un hotel de alojamiento con una travesti… Ese segmento me evocó imágenes de mis veintipocos, durante madrugadas eternas de juerga caminando por las calles desiertas y heladas de ciudades como Madrid, Toulouse o Ámsterdam… La trava, por pedido de Electra, le coloca a él su diminuto miembro flácido frente al rostro y Murphy, con una mueca de asco, la empuja por los muslos y sale eyectado hasta el inodoro para vomitar.
Y arribamos a la primera fiesta, donde se concentra el corazón de la deriva dramática de Love:
–Electra, what is your ultimate fantasy? –se oye que le pregunta Murphy en la band-annonce.
Un trío, le contesta ella. Un trío con una rubia de ojos claros: verdes, azules, celestes. Casualmente –y es lo menos verosímil de la cinta–, aparece una vecina rubia (pero, a Dios gracias, de mirada ambarina) muy dada y, tras un almuerzo en el que esta, debido a su circunstancia de hija imprevista, se pronuncia en contra del aborto, la invitan a un boliche. Acto seguido, se despliega, según mi inexperta opinión de literato, una de las escenas más impresionantes de Love: al ritmo de “Is There Anybody Out There?" de Pink Floyd, Electra y Murphy asedian con un baile sensual a Omi, quien los deja hacer mientras la cámara se ralentiza a medida que un fondo opresivo de parpadeantes luces de neón en color granate va ocupando el cuadrante cardinal del semblante espectador.

Otro golazo es la ética victoriana implícita con la que se aborda el tópico: la promiscuidad es pan para hoy y hambre para mañana. “¿Cómo puede algo tan maravilloso causar tanto dolor?”, medita Murphy las implicancias del amor; el dolor es físico. (También confluyen Gatsby y Love en su procedimentalmente atinado carácter de memoir, sin embargo, acá Nick Carraway es el sujeto de la acción.) Una mañana Murphy despierta resacoso y recibe un llamado de la madre de Electra, que le pregunta por su hija, ya que lleva días desaparecida. Electra siempre padeció tendencias suicidas y Murphy se inquieta…
Ahora Murphy habita su piso con Omi y una criatura. Al cabo del trío, una tarde de domingo Murphy se cruza a Omi en el balcón y se autoinvita a su casa, donde mantienen relaciones y un forro se pincha. Ese preservativo será el detonante de la quimera romántica compartida con Electra. Una mañana, decíamos, Murphy, inquieto, desayuna cereales con su familia y le comenta a Omi lo que acaba de suceder. Omi le dice: “Vos ocupate de tu pasado que yo me hago cargo de tu futuro”, y se lleva en coche a pasear al nene de apenas dos años. Murphy traga una minúscula y compacta bola de opio y, envuelto en una densa atmósfera de asfixia, comienza a repasar lo acontecido… Es decir, Love…
“Vivir con una mujer es como dormir con un agente de la CIA”, reflexiona.
“La falta de amor nos hará libres”, reza Houellebecq en un poema de Rester vivant.
Una de las probables causas del fracaso en taquilla de Love, aspecto en extremo sugerente para este indómito servidor –son varios los clásicos audiovisuales que lo han sido: Citizen Kane, Blade Runner, El gran Lebowski–, reside en el exacerbado tic autorreferencial que predomina en la propuesta formalista del cineasta insignia (la punta de lanza) del nuevo extremismo francés. Prácticamente todos los personajes cargan en sus respectivos antropónimos, más allá de un profundo simbolismo, el rastro biográfico del propio Gaspar Noé: primero Murphy, apellido de soltera de su madre, cuya ley es que todo lo que puede salir mal saldrá mal; luego Nora, la madre de Electra, es también el nombre de pila de la señora Murphy (la asistente social e investigadora argentina Nora Murphy); Gaspar, proyecto denominativo del futuro primogénito de Murphy y Electra y finalmente nombre del hijo no planeado de Murphy y Omi; Noe o Noé, ya visitado; Lucile, exnovia de Murphy en la película, es el nombre de la exesposa del director (Lucile Hadžihalilović); Julio, su segundo apelativo, es el dealer sudamericano; y Yuyo, apodo real de su mundialmente célebre progenitor artista plástico Luis Felipe Noé, es el adinerado amigo de Murphy que, al atender su llamada desde una clínica de rehabilitación, ofuscado ante su escena de celos se burla de nuestro malhadado antihéroe con el icónico mote de “pene de alfiler” (pin-sized penis).
Sí, tiene razón, diría Murphy, no sé si de alfiler pero en efecto lo soy, soy un pene ambulante; no puedo pensar en otra cosa que no sea coger.
Electra, en cambio, no corresponde al nombre de ningún miembro de su familia, sino que es una prístina alusión al complejo psicológico conceptualizado por el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung en el año 1912.
Por último, Omi, que, como el personaje, parece ni siquiera llegar a ser un nombre completo, una media irrelevancia auditiva que estorba y mucho.
Si bien la cinta sobre drogas por excelencia de la filmografía noeniana es Enter the Void, en Love no faltarán las sustancias. Quisiera rescatar diversas ideas (e ideas diversas) al respecto:
Porro
Como el ochenta por ciento de los estudiantes pretenciosos de Occidente, las cinco figuras destacadas son un atado de pendejos divertidos y encantadores, pero idiotizados por el porro –marihuana o hash, no se especifica. “Maybe we are not the great artists that we dreamt we were”, se cuestiona Electra en el transcurso de una crisis amorosa.
Ellos invierten su tiempo en fumar como condenados, como deportistas recostados en el césped, atletas sobre un diván. Omi, en la previa del trío, es otra que se prende encantada. Porro era el exclusivo consumo sostenido de Luli.
A favor de Love: capta de manera singular ese clima universitario que indudablemente la integridad de mi público atesora y entraña: jornadas enteras sin obligaciones, haciendo el amor recolocados. A mis veintinueve, con Lourdes, yo tuve la oportunidad de vivirlo por segunda vez. Sin cocaína me hubiera resultado imposible, uno ya perdió el estado físico y las ganas, la pija ya no responde de la misma manera. Aunque hubiera resultado improbable que yo volviera a correr maratones, gracias a la cocaína lo hice.
Abandoné, o mejor dicho, fue otro año en el que me resistí a comenzar a laburar en serio y gasté plata como loco. Para noviembre no tenía ni cinco, y ni siquiera lograba mantenerme en pie. Una tarde llamé de nuevo al psiquiatra, y terminé atrapado en mi primer tratamiento ambulatorio. Esa, sin embargo, es otra historia.
Éxtasis
Pasé por la ketamina,
Tomé whiscola
Y me hicieron una fellatio
Debajo de una mesa del
T.G.I. Fridays’s del Alto Palermo;
Mi vida es un papelón.
… Con el éxtasis, por el contrario, nunca me enganché; más o menos como les sucede a Murphy y Electra.
Consumí bastante cristal en Barcelona, algunas pastillas que me mandaron al sobre, y el año pasado una diosa vino a casa, me convido una dosis muy alta y ni siquiera logré que se me parara.
La concha de la lora.
Electra:
–¿Fornicaste alguna vez con éxtasis?
–No…
–Es una experiencia insuperable.
De todos modos, el éxtasis no jugará un papel determinante. Lo de la experiencia insuperable, aunque con otra droga sintética, fue lo que a mí me destruyó. Veranos, otoños, inviernos y primaveras sin poder borrarlo de mi cabeza, hasta que el año pasado, afortunadamente, en el último tratamiento de Buenos Aires por fin encontré grupos especializados en el inextricable vínculo (existente) entre adicción y sexualidad.
Ayahuasca
Hay una escena en la que Lucile, la ex de Murphy, y su nuevo novio los invitan (a él y Electra) a purificarse con ayahuasca. En el siguiente cuadro habrá, dentro de un galpón repleto de descerebrados, contracciones involuntarias, rigidez muscular extrema y reflejos espásticos. Ah, y vómitos oníricos: Murphy sueña con los focos de iluminación intermitente de un túnel caleidoscópico que va a presentarse un par de veces más y que sin dudas recuerda a la habitación colorada de Twin Peaks y a la pasarela carente de gravedad de 2001: Una odisea del espacio.
Mientras caminan por el campus, con polera bordó y un bolso negro en su hombro derecho, ella:
–¿Cuál es tu movie preferida?
–2001. Por 2001 decidí convertirme en cineasta.
Stanley Kubrick como sombra tutelar, sobre todo su decimotercera y última película: las atmósferas opresivas, la psicología de pareja, los secretos y los submundos oscuros de Eyes Wide Shut.
Cocaína
La reina de las drogas es, por ello mismo, la reina de los problemas, y acarreará contratiempos en la ficción. Al volverse adictos, día de por medio recurren a Julio y cada dos por tres lo vacían de mercadería.
Cuando cortan, Electra se pega a Yuyo –quien acabará en rehab, el del pin-sized penis– y eso demuele, arrastra a un punto sin retorno, altera definitivamente el sistema nervioso central de Murphy.
En definitiva, el lector ya podrá hacerse una idea de lo vivido, del devenir-simio de este traumatizado autor, este (casi tanto como los de Love) personaje siniestro.
Y, en otra extensa disertación textual que alcanza la meta en pleno proceso de descomposición, lo cual me alegra ya que significa que he logrado mi cometido y no ha quedado nada en el tintero, añado asimismo algunas notas en cuanto a la pornoegrafía:
Forro
Según Noé, otra diferencia entre la pornoegrafía y el sexo de las páginas web es que los involucrados usan forro; parece que visitó pocas. Y a lo del preservativo que se pincha no se lo cree ni un infante. Más corriente hubiera resultado lo que sobrevino en mi primer encuentro lúbrico con Luli: de tan caliente ni siquiera me debatí entre ponerme o no ponerme el globito.
Aprendí, principalmente en términos literarios, mucho de ese acontecimiento: si no viene la respiración, esperar; de qué vale escribir por escribir, inundar al mundo con nuestras nimiedades. El tarado de Fogwill decía que si uno maneja la lengua debe escribir rápido. Y ahora ahí descansan sus libros en los anaqueles vencidos de inconmovibles bibliotecas.
Yo ni tan solo me atrevo a encarar novelas de más de cien hojas; soy un maniático de la perfección.
Metacine
Love es cine sobre cine, la pornoegrafía es pornografía sobre pornografía. Pornografía (queda claro) es por-no-grafía, es decir, agrafía: incapacidad generalizada para transmitir ideas a través del empleo de la letra. Lo que no se pone en palabras se actúa. Allí donde el lenguaje es impotente surge la imagen.
La utópica secuencia de Electra en pelotas, con sus ojos fulminando las categorías kantianas ante la cámara en mano de Murphy, con música de Brian Eno de fondo y envuelta en la bandera de Francia es un magnífico ejemplo de todo esto.
Sumergidos en una escena hondamente guarra, Electra le pregunta a Murphy: “¿Me amás?” Al revisar mis videos con Lourdes para abordar este asunto descubro que esa línea de diálogo quedó grabada a fuego en sus veleidades performáticas.
Semen
Este sí que es un titulazo. Una novela titulada Semen. Pero, ahora que lo pienso bien, ya lo utilizaron Los Redondos en “Semen-Up”.
–Quiero hacer películas que contengan sangre, semen y lágrimas. Cualquier película que pretenda captar la verdadera esencia de la vida debe estar atravesada por esos tres fluidos. –Con esta premisa, pronunciada con una mochila en la espalda durante la caminata por el campus, Murphy (Gaspar Noé) define su teoría cinematográfica.
A despecho de mi soberbia ignorancia en la materia, tampoco me resultó verosímil la eyaculación en primer plano que se extiende entre cuatro y seis segundos –no los cronometré–, lo que araña la mezquina marca (mezquina para un pete, excesivamente pródiga para una eyaculación) de la felación, la única felación, antes reseñada.
Ride
Ya sobre el final, desilusiona la calidad y los poquísimos rides (femeninos, obvio) que se pueden ver en Love, por lo que me resulta imperioso concluir que Luli cultivó esa habilidad, no obstante su negativa, apelando a otras fuentes menos sensibles.
En lo personal, soy un obseso, un fanático de las chicas que saben montar; cowgirl y reverse cowgirl son mis posiciones favoritas. Si la policía secuestrara mi MacBook Air, se toparía con los motores de las páginas de contenido explícito –tan infravaloradas por documentalistas de culto como Noé– colapsados por la profusa pesquisa de videos que incluyan dichos matices copulativos.
Pero nada ni nadie supera a mi amor, mi nuevo amor, el amor de mi vida, Marine Vacth restregándose contra la almohada en Jeune & Jolie.
La hermosa experiencia sexual y sentimental que me ligó a Luli (y unas cuantas mujeres más) me transformó, en resumidas cuentas, en un adicto a las apps de citas. Sin embargo, desde 2023 se volvió directamente imposible. Me piden el Instagram, sacan mi nombre, me googlean o ni siquiera, leen algunas de las noticias estampadas en mi feed sobre Taylor Swift y chau; de acuerdo a la opinión de un amigo eso las intimida, es una bala que las perfora de muerte. Por suerte, esta temporada llovieron estrellas.
Love culmina justo en el principio. Mientras caminan por un parque parisino, Murphy le pregunta a Electra, a quien acaba de conocer, si está enamorada:
–Tengo a alguien –contesta Electra.
–Por supuesto que tenés a alguien –retruca Murphy–. Todas las mejores chicas tienen a alguien… Pero no todas son felices.
Bien podría yo decirle lo mismo a todas mis conquistas internacionales de este año inaudito. Preparar el terreno para enfiestarlas es el objetivo de este capítulo.
El próximo va, de hecho, sobre L'homme couvert de femmes del dandi totalitario Pierre Drieu La Rochelle y su título será “Un bárbaro entre la belleza”. El párrafo inicial, si me apresuran, arranca así:
Nunca en mi vida estuve tan solo y, en simultáneo, tan rodeado de mujeres; las mejores mujeres del mundo.


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